Un día en…el Instituto Nacional de Cardiología

El viernes pasado tuve la oportunidad de acudir al Instituto Nacional de Cardiología “Ignacio Chávez”, debido a que la noche del jueves presenté síntomas que, según las personas cercanas con conocimiento médico, podían considerarse como un conato de infarto. Sí, a mis 31 años presenté dificultades para respirar, opresión en el pecho y, lo más curioso, mis manos se pusieron verdes y, en general, mi tono de piel se tornó un tanto amarillo. No sé mucho de medicina, pero rodearme con gente que se dedica al área de la salud sin lugar a dudas ayuda a conocer un poco más de mi cuerpo y sus reacciones. He de confesar que todo el tiempo, incluso antes de ingresar al hospital, desconocía que los síntomas que presentaba podía ser alguna señal de un problema al corazón. Hoy ya lo sé y puedo estar más alerta cuando eso pase. Gracias a la venia de mi cuñada, ingresé el viernes 06 de junio al área de urgencias del Instituto Nacional de Cardiología, ubicado al sur de la Ciudad de México, en donde me recibiría uno de sus amigos para hacerme los análisis y exámenes necesarios y así determinar qué era lo que me aquejaba desde la noche anterior. Nunca había ingresado como paciente a un hospital del servicio público de salud, y para mí fue toda una experiencia. He tenido la fortuna de no requerir frecuentemente atención hospitalaria y, cuando así ha sido, siempre lo he hecho a través del seguro de gastos médicos que me otorga mi empleador. Pero hoy puedo confirmar que, al menos Cardiología está al nivel de los hospitales privados (y de costo mejor ni hablamos). INC 2Estaba más nervioso al momento de entrar que por los síntomas que presentaba. El médico que nos ayudaría a entrar salió por nosotros y, al ingresar, un policía me preguntó mi nombre completo. Los nervios hicieron mella en mí y, fiel a mi costumbre, me tardé en contestar. Una vez adentro, nos dirigimos a la sala de espera del segundo nivel, en el que otro policía controla la entrada a los cubículos para revisión y análisis clínicos. Es curioso sentarse en una de las bancas que hay en esa sala y observar a la gente que, como yo, esperaba su turno para alguna consulta o revisión. Claro que, como hospital público, el grueso de los pacientes pertenece a la clase “media” y “baja”, según la estúpida absurda clasificación socio-económica a la que estamos acostumbrados. Incluso me tocó escuchar a la señora que hablaba por su teléfono celular a mi lado decirle a su interlocutor que prefirió esperar la fecha de su consulta en lugar de acudir con un médico particular para no gastar y comer mejor. En mi caso la molestia inicial fue que no había señal en mi teléfono celular, lo cual pasó a segundo plano al darme cuenta que mis problemas son nada en  comparación con muchas de las broncas que tienen las personas que había alrededor. Una pequeña muestra de la realidad en este México cada vez más desigual. Es curioso darse cuenta de lo impacientes que somos todos aquellos que tenemos la posibilidad de acudir a una consulta médica privada, al hacer corajes si el doctor nos hace esperar unos minutos más allá de la hora de la cita. En Cardiología, la gente espera más de hora y media sin mucho que hacer salvo ver el programa de televisión transmitido en un aparato que proyectaba una imagen con más estática que sus años de antigüedad. Así pueden pasar horas sin chistar; incluso sin preguntar siquiera cuánto tiempo falta para que los atendieran. Mis respetos para toda esa gente. INC 3Después de esperar aproximadamente noventa minutos, durante los cuales el policía –que no supimos determinar si era hombre o mujer- que cuidaba el ingreso a los cubículos regañó a más de dos por no contestar a tiempo mientras pasaba lista de asistentes, salió por nosotros el médico que me revisaría. Era joven y se mostró todo el tiempo muy amable, pero nunca conseguí convencerlo para que me hablara de tú, con todo y que sería no más de tres años más joven que yo. Ingresé a uno de los cubículos en donde me tomaron la presión, los niveles de oxigenación en la sangre y un electrocardiograma. Hasta ahí todo muy simple. Lo grave llegó en forma de enfermera con una aguja con la cual me sacaron unos 20 mililitros de sangre (que resultó no ser azul, demonios), considerando que una de mis mayores fobias –sino es que la más grave- es a las jeringas. Una vez que me tomaron la muestra sanguínea –y que destrocé la mano de mi novia para “mitigar” los nervios- me llevaron en silla de ruedas al área de radiología, para tomar una placa de mi tórax y así completar los análisis necesarios. Estoy seguro que, en el ínter, la enfermera se rio de mí y hasta quizás haya dicho algo así como “tan grandote y tan chillón”. Vale la pena mencionar que no fui el único al que llevaron al área de radiología. Éramos dos personas cuyas sillas de ruedas eran impulsadas por una sola persona. Sí, una persona trasladó a dos al mismo tiempo hacia otra zona del hospital, en silla de ruedas, sin golpear ni estorbar a nadie. Era claro que este tipo dominaba su oficio, ya que ni un “golpe avisa” fue necesario en el trayecto. Al terminar los estudios me trasladaron a otro cubículo en dónde nos ordenaron esperar un ratito en lo que obtenían los resultados de los estudios que me practicaron. Mientras tanto, los nervios empezaban a hacer mella en mí, y mucho más en mi novia, a quien la experiencia de hace aproximadamente un mes con el fallecimiento de nuestro vecino evitó que quitara durante toda la tarde su cara de angustia. He de decir que, si bien las instalaciones del hospital lucen un tanto descuidadas o maltratadas –lo cual achaco a la cantidad de gente que acude día con día a ese lugar para recibir atención médica-, la gente que te atiende es en extremo amable, con excepción del agente de seguridad que resguardaba el ingreso a los cubículos cual perro rottweiler (nunca supimos si era macho o hembra). En todo momento me explicaron con detalle lo que me iban a hacer, así como la interpretación de todos los números y símbolos que aparecen en los instrumentos con los cuales me hicieron los análisis correspondientes. No es raro escuchar críticas al sistema de salud del gobierno. Es de todos conocido el gran número de quejas y deficiencias que padecen tanto nuestros hospitales en toda la República Mexicana como lo descuidado que tienen tanto a los médicos que atienden como el equipo con el que trabajan. Sin embargo, me había tocado escuchar grandes cosas sobre Cardiología, y al vivirlo de primera mano pude comprobar que la gente que trabaja ahí es digna de admiración. Hacen una gran labor con los muchos o pocos recursos que hay a su alcance, siempre con buena cara y, eso sí, con la firme intención de prestar un servicio de calidad que logre dar respuesta a las múltiples preguntas que sobre nuestra salud nos hacemos día con día. Sin lugar a dudas, la vocación de servicio y la calidad humana de los médicos (al menos con los que tuve trato durante mi visita) opaca todas esas deficiencias que el sistema genera, incluyendo el hecho de tener que esperar horas para ser atendidos. Una vez adentro, agradeces haber llegado ahí. Al terminar, pasó con nosotros el doctor que seguía hablándome de usted para darnos el resultado de mis análisis. Creo haber escuchado como mi novia pasaba saliva y respiraba profundamente en espera de las noticias que nos tuvieran que dar. Diagnóstico (y cito): “tus resultados no sólo son buenos, sino perfectos”. Mis niveles de leucocitos, linfocitos y no sé cuántos otros citos están dentro de los parámetros normales. No hay nada raro en mi sistema cardiovascular, por lo que se descarta que las molestias que tuve la noche anterior y esa mañana fueran causados por algún malfuncionamiento de mi corazón o mis pulmones. Con una sonrisa en la cara (estoy seguro que la de mi novia le daba vuelta a su cabeza), agradecimos todas las atenciones prestadas por la gente que nos atendió, nos dimos la mano en señal de despedida y caminamos rumbo a la salida, con la intención de celebrar que todo había quedado en un simple susto completamente ajeno a cuestiones cardiovasculares. El viernes aprendí a valorar los pocos o muchos privilegios que tengo en cuanto a salud se refiere. Sin embargo, no puedo sino reconocer la labor de todas las personas que forman parte del sistema público de salud, en particular a aquellas que se encargan del trato diario con los pacientes, cuya vocación de servicio no pudo sino tranquilizarme de que estamos en buenas manos. Sí, es cierto, todavía falta mucho por hacer en materia de salud, en particular en aquellos lugares de nuestro país donde las clínicas y hospitales, si los hay, carecen de los recursos necesarios para dar la atención adecuada. Pero al menos en Cardiología, Nutrición, el INER y Psiquiatría, hospitales todos localizados en el área de Tlalpan, nuestra salud está en buenas manos. Un especial agradecimiento a los doctores Adrián Valdespino y Gerardo Mercado, quienes me atendieron durante mi visita al INC.   #ContraElSilencioMX                                      #ConMéxicoNoSeJuega                                       #NoMásPoderAlPoder

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One response to “Un día en…el Instituto Nacional de Cardiología

  1. Muy interesante tu artículo. Coincido plenamente en tus apreciaciones del profesionalismo del personal que labora en esa institución. Sin embrago, te quedaste muy corto en cuanto a la descripción de la perra rotweiller que custodia celosamente el ingreso a los cúbicos. Probablemente se trate de una hembra (al menos de nacimiento), pero con altos niveles de testosterona que han modificado su comportamiento por completo. Los niveles de despotismo con los que trata a los pacientes, compañeros de trabajo, médicos y a los mortificados familiares que ya de por sí están pasando por un momento difícil, no debía ser tolerado por esta institución.

    El abuso de poder que ostenta esta especie de Ramba chichimeca no puede ser atribuido a otra instancia que a un severo abuso sexual durante su niñez. Pobrecilla, pero debía dejar de laborar en este hospital y trasladarse como interna al psiquiátrico contiguo.

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