Y terminó el mundial de fútbol para México (o de cómo buscar responsables de la derrota)

Más allá de querer narrar los eventos que por todos son conocidos relacionados con la Copa Mundial de Fútbol, y la amarga salida del representativo mexicano –otra vez- en octavos de final, mi intención es dar mi punto de vista sobre qué pasó y qué no pasó. Lo he hecho en otros espacios, en los cuales me he llevado reclamos y hasta insultos, pero bueno, así somos los mexicanos con temas tan pasionales como el fútbol.

He de confesar, que durante muchos meses desprecié a la selección, e incluso tenía la esperanza de que no calificaran al mundial. Si bien no soy ávido jugador de fútbol, siempre me he sentido orgulloso de ser mexicano, y por lo mismo estaba decepcionado de ver el estado que guardaba el equipo nacional, ante actuaciones desastrosas y con más pena que gloria en la ronda eliminatoria. Por cuestión de minutos mi deseo estaba a punto de volverse realidad, hasta que gracias a la ayuda que nos dio el equipo de los Estados Unidos, tuve que resignarme a que vería a México en el mundial y, en consecuencia, la calidad del fútbol en nuestro país seguiría por los suelos.

piojo herreraSin embargo, llegó el mundial. No tenía grandes expectativas de la selección, e incluso llegué a asegurar que no calificarían a los octavos de final. Llegó el debut frente a Camerún, y los nuestros mostraron una cara que hace mucho no veíamos en el equipo vestido de verde. Batallaron contra el equipo africano y contra el árbitro colombiano, que terminó por anularnos dos goles legítimos que hubieran hecho el marcador un poco más abultado. Frente a Brasil jugamos al tú por tú, contra el anfitrión y la siempre potencia mundial. Conseguimos un empate que nos acercaba más a los octavos de final, gracias al heroísmo de Ochoa, el portero que se volvió figura en esta edición mundialista. Unos días después el turno era contra Croacia, quienes hicieron de los asuntos extra cancha un ingrediente adicional con el cual terminaron de verse humillados por la notoria superioridad de los nuestros.

Hasta este momento, todo era alegría en nuestro país. Gozo por todos lados, la gente vistiendo de verde (o rojo) incluso en las oficinas. Pero –y aquí es donde empieza mi crítica-, si hay algo que recalcar de la fase de grupos, en especial en el juego contra Brasil, es que celebramos un empate que, sí, puso el reflector en los nuestros. Sin embargo, cuando en un partido tu mejor jugador es el portero, habla de las carencias que tuviste como equipo y de la suerte que resulta de tener jugadores de la calidad de Ochoa. El júbilo en las calles era exagerado, a mi parecer, pues no podemos regodearnos de una actuación que fue “satisfactoria” a medias y en la que el hombre que más lució es el que se encarga de evitar que el rival anote en nuestra portería.

ochoa 10A pesar de esto, llegó Croacia, y la victoria contundente contra esos europeos calló no sólo las palabras del bocazas de su entrenador Niko Kovac, sino la mía también. Lo acepto: jamás me había dado tanto gusto que alguien hiciera que me comiera mis propias palabras con tal contundencia. Honor a quien honor merece, y el pase a octavos era un justo premio por lo mostrado en la fase de grupos.

Y aquí es donde llega lo difícil. De todos los cruces en los octavos de final, México tuvo la más difícil, frente a Holanda, que fue el equipo más contundente y sólido de la fase de grupos. Sin embargo, la esperanza de los mexicanos no moría con el color de la playera del rival, y se mostró cuando, desde el inicio del juego, jugamos como grandes frente a uno de los favoritos. Los nuestros los agobiaron con la presión, la táctica defensiva funcionaba a la perfección, lo que hizo que el reflector pasara del que ocupa la portería a uno de los jugadores de campo, prueba de que siempre es mejor defender atacando que esperando a que no te anoten teniendo a todos en la zona defensiva. El anhelado gol mexicano llegó a los 48 minutos, el que hizo brincar de emoción a todo un país, y elevó las esperanzas de poder dar un paso más en la evolución como equipo mundialista a un grupo del que, meses atrás, nadie esperaba nada. Pasaban los minutos y los nuestros se veían más sólidos que nunca. Hasta que llegó el minuto 70 y, como por “arte de magia”, las cosas se voltearon en nuestra contra y, en los últimos minutos del encuentro llegó el fantasma que cada mundial invade el alma mexicana. Primero nos empataron y, después, ya se saben la historia. Regalamos una oportunidad que alguien más supo aprovechar –con todo y engaño incluido- y, así como así, se esfumaba, una vez más, la ronda de cuartos de final. Como hace cuatro años; y como hace ocho. Y como ha sido las últimas 7 ediciones mundialistas.

La reacción de la gente no se hizo esperar. Palabras de júbilo y agradecimiento por el buen desempeño de la selección, y las palabras ofensivas y arteras en contra de un árbitro que, como otros en Brasil, afectaron a México, así como contra un jugador de clase mundial que, con su actuación, demuestra que en la vida como en los deportes, para obtener la victoria es válido hacer trampa, con las implicaciones morales que eso conlleva.

robben clavadoSin embargo, el mexicano no quiere –o no puede- ver un elemento que nos caracteriza tanto en lo deportivo como en muchos más ámbitos del día a día. A los mexicanos se nos olvida que el partido de fútbol dura 90 o 95 minutos, y no 70 o los que tomen para ponerse adelante en el marcador. Al mexicano se le olvida que, como dice el refranero popular, “esto no se acaba hasta que se acaba”. Los mexicanos empezamos a festejar cuando todavía seguía el juego en curso. Los comentaristas hablaban de cómo estábamos rompiendo con la maldición del elusivo “quinto partido”, en lugar de continuar la narración del encuentro. En redes sociales festejábamos y planéabamos el siguiente partido contra Grecia o nuestro rival de zona, Costa Rica. Incluso, en un arranque de euforia, envié a mis amigos un meme celebrando que íbamos a eliminar a Holanda, cuando todavía faltaban 15 minutos para finalizar el juego. Y, como siempre llega a los que menos la esperan, la realidad pegó. Y fuerte.

A los mexicanos se nos olvidó que un partido de fútbol tiene 90 minutos, y que cada uno de ellos tiene 60 segundos, y que los equipos europeos, si algo tienen, es la costumbre de jamás rendirse sino hasta que están en los vestidores de regreso. Al mexicano se nos atragantó la victoria parcial, pensábamos en el siguiente rival, olvidando que enfrente teníamos a uno al que le bastaba un error, una distracción de los nuestros para hacer de las suyas.

Una vez más, y como pasa en muchos otros aspectos de nuestras vidas, nos conformamos con lo que teníamos, con un maldito gol en lugar de buscar el segundo que nos diera más “colchón”. Y el tercero, que nos daría la tranquilidad necesaria en caso de que los holandeses decidieran atacarnos con todo. Nos conformamos con lo mínimo, y no alcanzó. En lugar de reconocer que, como siempre, nos conformamos con poco y nos olvidamos de terminar los encuentros, decidimos echarle la culpa a Arjen Robben, que cobardemente recurrió a una trampa para rescatar a los suyos. Encontramos en el árbitro el chivo expiatorio, pues “nos había robado” algo que, sinceramente, no nos correspondía, pues dejamos de luchar en cuanto empezamos a soñar con el siguiente rival. Dejamos de hacer lo que hicimos durante los primeros 70 minutos. Dejamos de atacar, dejamos que se nos vinieran encima. Dejamos de jugar contra Holanda, porque simple y sencillamente, nos conformamos con pensar en quien sería nuestro siguiente rival.

más genteLa actitud y mentalidad del mexicano es y ha sido siempre así: conformista. Preferimos cerrar los ojos ante nuestros errores y volteamos a otro lado para buscar culpables, cuando basta con voltear a nosotros mismos. Rechazamos la culpa porque “jugamos como nunca” y alguien más nos quitó la gloria, pero no queremos aceptar que nos conformamos con nada, con una mínima ventaja que requería de nosotros un mayor esfuerzo al que habíamos hecho, y al final nuestra actitud pagó dividendos. Los jugadores vienen de regreso y nosotros continuamos quejándonos de la mala suerte que nos acompañó, de la actuación del árbitro y de una actitud tramposa del rival (el fútbol es jugado por individuos mentirosos, teatreros y sin honor, pero aun así lo seguimos viendo). Eso sí, que nadie se atreva a dar su opinión si va en contra de la euforia general, porque te muestras como vende patrias y, literal, hijo de la chingada.

Y nuestra actitud no cambiará.

 

#ContraElSilencioMx           #EPNvsMéxico              #ConMéxicoNoSeJuega              #NoMásPoderAlPoder

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