¡No tienes abuela!

Reza la sabiduría popular que, cuando alguien hace algo inesperado o que resulta sorpresivo, “no tiene abuela”. Es de suponer que se recurre a esta conocida frase para evitar cualquier otra palabra que pudiera resultar un tanto ofensiva para los oídos de otras personas. No obstante, hoy quisiera regresar al significado literal de esa expresión, para que no se pierda el sentido que dichas palabras representan.

Carmen nació en la década de los 30’s. De cuna humilde, originaria de un pueblo llamado Santa Clara en el Estado de México, formó parte de una familia típica mexicana: dedicada a la agricultura y, en general, a las actividades del campo. No tuvo oportunidad de ir a la escuela, motivo por el cual, el hecho de que supiera leer significaba un gran logro para ella. Años después, siendo joven, contrajo matrimonio con Antonio, quien al igual que ella, provenía de una familia del campo, aunque su traslado a la gran capital significó la incesante búsqueda de oportunidades laborales en áreas para las que podría no haber estado muy capacitado, pero de las cuales siempre salió avante y pudo darle tanto a su esposa como a sus dos hijos –un niño y una niña- lo mínimo para sobrevivir en la vorágine que representa vivir en una gran metrópoli.

Cuenta la leyenda que, para Carmen, su consentido era el hijo varón, o al menos eso hacía notar hacia afuera, aunque la gente asegura que, muy dentro de ella, a la niña le tenía el mismo afecto y cariño que al hermano mayor. Quizás era cuestión de que Carmen veía con recelo en su hija lo que ella quiso, pero no pudo llevar a cabo durante su vida. La gente quiere creer que el posible distanciamiento entre madre e hija era un simple accidente y un malentendido, aunque, quizás, el orgullo podía más que las ganas de demostrar con efusividad lo que una sentía por la otra.

Abuela 2Además, valga la aclaración, al final fue la hija quien sobresalió por encima del hermano en prácticamente todos los ámbitos: escolar, profesional, familiar y social, lo que quizás contribuyó a que la “inclinación” por el hermano fuera mayor, a manera de compensar los pasos atrás que éste iba de su hermana. Sin embargo, muy dentro de Carmen, su hija era su mayor orgullo, pues no sólo superó a su hermano, sino que fuera del núcleo familiar y tomando en cuenta a toda la familia, la hija fue la primera en recibir un título universitario, cuyos pasos posteriormente abrieron la brecha para que muchos más dentro del clan decidieran hacer lo mismo.

Carmen fue primero madre, después abuela de tres nietos y al final, incluso, bisabuela.  Al igual que con sus hijos, Carmen repitió el mismo patrón con los nietos: nunca ocultó que su consentido era el único hombre de los tres. No porque no quisiera a las dos niñas, sino porque el niño vivió bajo su cuidado –y el de Antonio- durante sus primeros años de vida, mientras sus papás hacían lo posible por crecer profesionalmente y poder proveer a él y a su hermana -3 años menor- de lo mínimo indispensable para vivir, situación que, probablemente, generó una mayor cercanía con el niño que se vio reflejada a lo largo de los años, aun cuando éste, siendo adulto, la visitaba de manera esporádica y con menor frecuencia a la deseada por ambos. Cómo jugar baraja española, volado, y aprender que uno no se levanta de la mesa hasta que se termine todo lo que hay en el plato –no importa la cantidad de comida que le hayan servido- son de las cosas más simbólicas que aprendió de ella su nieto.

A pesar de todo, si realizaran una encuesta, a Carmen la definirían como una buena madre, hermana, abuela y bisabuela. Nunca malintencionada, pero carente de tacto en algunas ocasiones para hacerse escuchar, vivió desde 1986 como soltera, ante el fallecimiento de Antonio en julio de aquél año. Sin embargo, su casa era siempre punto de reunión para sus hermanas, sobrinos, hijos y nietos, a veces todos juntos, y en otras cada quien por separado. Independientemente de esto, la propia Carmen fungía como una especie de sol dentro de la galaxia familiar, atrayendo a todos con su fuerza de gravedad, y manteniéndolos unidos hasta el final de su existencia.

El pasado 2 de diciembre de 2014 la vida terrenal de Carmen llegó a su fin. Víctima de enfisema pulmonar –a pesar de nunca haber fumado-, y de un corazón que día con día se hacía más grande de lo que era, sus últimos meses parecían ser los más difíciles de su existencia. Actividades tan naturales como respirar representaban un martirio debido a sus pulmones maltratados. Incluso, durante la última visita que tuvo a bien realizar su nieto unos días antes de esa fecha, confesó su deseo por despedirse pronto de este mundo, y decía no saber qué tan grande había sido el mal que había hecho a los demás, para que la vida la mantuviera viva todavía a pesar del dolor y de la pesadez que era vivir con todas las dolencias y malestares que la aquejaban.

AbuelaSin embargo, la mejor muestra de que no había mal alguno que reprocharle, fue la cantidad de personas que estuvieron a su lado una última vez en su funeral. Familiares en su mayoría, algunos del Distrito Federal y otros provenientes de Toluca y demás municipios aledaños, las muestras de cariño no cesaron en ningún momento. Si bien era un momento complicado, era de esperarse un acontecimiento como éste, dado lo avanzado de su enfermedad y los años que había vivido.

¿Qué sigue? La vida continúa para todos los que Carmen dejó en el camino. Algunos la verán más pronto que otros, pero en algún momento todos se volverán a encontrar. Lo más valioso de todo es lo que Carmen haya dejado a los suyos y, sin duda, todos notarán en su ausencia que, muy a su estilo y con sus propios recursos, hizo de este mundo uno mejor del que había heredado cuando a él llegó.

Gracias, querida abuela, por todo lo que hiciste por mi mamá, por mi hermana y, en especial, por mí. Nos vemos más pronto de lo que imaginas.

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