¿Hasta que la muerte los separe?

Las relaciones interpersonales son difíciles, eso todos lo sabemos. La individualidad de cada persona puede llevar a confrontar la ideología de la gente que está a su alrededor o con las que convive -de manera voluntaria o no- todos los días. Somos afortunados de encontrar similitudes de pensamiento y gustos con una o varias personas a quienes damos el título, siempre honroso, de amigos. Lo mismo pasa con las relaciones de pareja. Caminamos por la vida sintiéndonos atraídos por ciertos rasgos de otras personas, tanto físicos como de personalidad, y generamos un campo de atracción que pude o no resultar compatible con el de algunas de ellas. Cada uno de nosotros pondera lo que “quisiera” encontrar en su pareja ideal, y nos embarcamos en una búsqueda de esas características que, creemos, son fundamentales para la convivencia diaria.

Cuando por fin damos el paso adelante para hacer de una relación algo más formal, es porque creemos haber conocido lo suficiente a la otra persona como para querer vivir con ella el resto de nuestras vidas. O al menos esa es la premisa bajo la que se rige la sociedad en la que vivimos: una pareja es para siempre. Si agregamos el ingrediente religioso, (al menos desde la doctrina católico-cristiana, que es el que conozco por default por mis antecedentes familiares), en nuestra mente habita la idea de que la vigencia de una relación sentimental deberá terminar “hasta que la muerte los separe”.

¿Neta?

Pareja4En días recientes tuve la oportunidad de platicar con mi novia acerca de este tema. Estamos en la transición de la edad en la que todos nuestros amigos deciden comprometerse y unirse “en santo matrimonio”, a aquella en la que las peleas y los problemas maritales se vuelven tema de todos los días. Divorcios, separaciones, matrimonios por conveniencia o pantalla toman el lugar de las mesas de regalos, de los viajes y del anecdotario de todas y cada una de las bodas a las que hemos asistido, o al menos de las que poseemos algún recuerdo, sea positivo o no (¿a quién quieren engañar? siempre habrá esa boda que recordaremos por las peculiaridades del evento). Como si decidieran ignorar la instrucción de la autoridad eclesiástica, las personas deciden, por diversas razones, que su matrimonio no puede dar más de sí, y toman la pesada decisión de separarse y terminar en los mejores términos posibles. O al menos esa sería la idea, tomando en cuenta que esa persona de la que buscan alejarse, fue alguna vez aquella a quienes dedicaban las más cursis canciones de amor, o a quienes solían procurar cuando estaban enfermas.

¿Qué sucede en la psique humana, que decide transformar toda una etapa de su vida en la que la intención ulterior era encontrar la felicidad, que de repente se convierte en una lucha de poder para determinar quién es el responsable de la ruptura y, si bien les va, cuáles son los términos bajo los cuales se separarán finalmente? Conozco algunos casos cercanos en los que años de noviazgo parecieran carecer de valor alguno en el momento en el que la gente se da el sí en un altar frente a un representante de la autoridad celestial y firma un documento en el que son declarados esposos.

Llegamos a dos conclusiones:

Primero, creemos que el problema se deriva del propio significado de esa palabra: esposos. La cuarta definición que da el Diccionario de la Lengua Española dice: “Pareja de manillas unidas entre sí con las que se aprisionan las muñecas de alguien“.

¿Aprisionar? ¿Desde cuando las personas buscan unirse para aprisionar al otro? Es como si la gente decidiera mandar al diablo todo lo vivido en los “años maravillosos del noviazgo” para creerse dueño de la otra persona. Quizás el error sea que pretendemos que nuestra pareja cambie algunos aspectos de su personalidad porque a nosotros no nos parecen adecuados, por el simple hecho de pretender tener un dejo de autoridad como su ahora esposo/a. Atrás quedó el respeto -más que la tolerancia- por la forma de ser y de pensar de esa persona con quien idealizamos una vida perfecta en pareja, y lo sustituimos por la decisión de no reconocer en el otro la individualidad que la hace distinta a todos los demás. Ojo, no se trata de tolerar sus usos, costumbres e ideología, sino de respetar que esa persona -y en general toda la gente- es diferente a nosotros, además de que posee rasgos que pudieran no ser compatibles con nuestra propia personalidad, mismos que solíamos resaltar y valorar como únicos una y otra vez durante el tiempo previo al compromiso.

Pareja2Segundo, intrínsecamente nos sentimos obligados a continuar como pareja “hasta que la muerte nos separe”, como marcan los cánones religiosos y, sobre todo, las convenciones sociales que nos han impartido generación tras generación. Enfrentamos una relación de pareja bajo la falsa premisa (¿o promesa?) de vivir el resto de nuestras vidas con esa persona. Nos enfocamos en llegar al final del camino, perdiéndonos de la oportunidad de disfrutar el trayecto, que es lo más importante. Vivimos tan angustiados de hacer las cosas de tal manera que nos permitan cumplir la obligación contractual y dogmática de llegar al futuro juntos, que nos olvidamos por completo de vivir el presente. Hacemos a un lado nuestra realidad por un ideal con el que, quizás, ni siquiera comulguemos, por no haber sido adoptado de manera voluntaria, sino impuesto por reglas sociales y religiosas a cambio de un futuro que todavía no ha llegado, pero el cual nos genera mucha angustia por no saber qué cosas -buenas o malas- nos deparará.

Es tanto el estrés que esto genera, que decidimos existir -no vivir- en una rutina incluso dolorosa, incómoda, pero que a los ojos de la sociedad es lo correcto. Sacrificamos tiempo valioso asumiendo que tenemos que terminar nuestra vida de pareja con esa persona, aunque en realidad se haya perdido todo deseo de seguir así, llevándonos incluso a voltear hacia otras personas que de la nada encontramos más atractivas, o con las que se construye cierta empatía como resultado de la realidad que vivimos en casa. ¿Cuántas veces hemos visto a parejas de las que pensamos que les iría mucho mejor separados, en lugar de vivir una bajo un techo de falsedad e hipocresía?

Pareja3¿Qué genera todo esto? Que dejemos de vivir y disfrutar el presente. Que en lugar de enfocarnos en la calidad del tiempo que pasemos con alguien, nos preocupamos más por la cantidad, después de haber comprado la idea de que una relación de pareja tiene que ser para el resto de nuestras vidas. Y creo que no debiera ser así. Por el contrario, tenemos que aprender lo opuesto: aprender a vivir el presente sin preocuparnos qué pasará en uno, cinco, diez o veinte años. Cuando valoramos el momento en el que vivimos, cuando decidimos ser felices hoy sin importar que sucederá mañana, la relación de pareja se fortalece, porque abren la puerta al respeto por la individualidad de la persona, al amor que pueden alimentar y dar día con día, y dejan para el futuro lo que el futuro les depare, sea a lado de esa persona o de la que en ese momento llegue. Tenemos que aprender que las personas llegan a nuestras vidas con un propósito, para dejarnos algún aprendizaje que de otra manera nunca hubiéramos recibido. Las personas que llegan y las que se van son maestros de nuestras vidas, y por más que queramos mantenerlas a nuestro lado, si llega el momento de tomar caminos distintos, no habrá nada que pueda evitarlo.

La persona que elegimos como compañera de vida en determinado momento puede llegar para quedarse muchos años, quizás el resto que nos quedan por vivir, pero hay que ser conscientes que también puede suceder lo contrario, que quizás dejaremos de transitar el mismo camino en el momento en el que no haya nada más que aprender de ella, o viceversa, ella de nosotros. Nos han enseñado a etiquetar como fracaso cualquier ruptura sentimental “formal”, porque no cumplimos con los mandamientos sociales y religiosos que gobiernan la vida de la gente. Aprendamos a darle otro matiz, a entender que tenemos un compañero de vida adecuado para una determinada etapa de nuestra existencia, y que independientemente de si ese compañero es o no la persona con la que compartiremos nuestros últimos alientos, los días que pasemos con ella habrán estado llenos del amor y el cariño que desde el día uno decidimos profesarnos, sin angustiarnos en qué pasará en 10 o 20 años.

Aprendamos a vivir el presente, a llenar nuestros días de calidad, y de todas aquellas cosas que nos hacen sonreír y vivir en paz. Hagamos a un lado las dudas de un futuro que llegará solito, y en el  cual viviremos más fortalecidos y capaces gracias a las enseñanzas que recibamos en el presente. Hagamos de nuestro/a compañero/a de vida un maestro, siempre y cuando estemos abiertos a recibir de ellos hasta la más mínima lección que, les aseguro, será de gran valor en un futuro que desconocemos.

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