Historias de perro

Érase una vez un pequeño perro que vivía con sus dueños en un pequeño departamento. La raza y su tamaño le eran irrelevantes, a él lo único que le gustaba era jugar. Durante mucho tiempo fue feliz, pues tenía todo lo que necesitaba al alcance de su patita: un techo bajo el cual cubrirse de la lluvia y los rayos del sol, una camita donde dormir, suficientes croquetas para comer, y de vez en cuando el típico premio que se le da a un perrito cuando se ha portado bien. Sus únicas responsabilidades eran dormir cuando tenía sueño, hacer del baño sólo cuando lo sacaran a pasear, ladrar cuando su dueña –la consentida- llegaba a casa, y gruñir cuando alguien sospechoso se acercaba a donde vivían todos juntos.

Un día el perrito se percató que la situación en el departamento no era la misma de siempre: dejaron de jugar con él, su dueña no lo acariciaba más, y peor aún, lo regañaba mucho más que de costumbre sin razón alguna que pudiera entender. Pasaron los días y los gritos en contra del perrito aumentaron, no solo en cantidad sino también en volumen. Él no entendía por qué, pensaba que cumplía con sus deberes tal y como lo había hecho siempre, pero las cosas parecía ir de mal en peor. Los gritos se convirtieron en insultos, y definitivamente la vida que el perito tenía ya no era como antes. Por más que trataba, no lograba entender la razón por la que las cosas habían cambiado tanto de un momento a otro. Un día se percató que la puerta del departamento se había quedado abierta, y tras pensarlo detenidamente un rato, decidió que era momento de salir y conocer nuevos horizontes. De cualquier manera, ya no se sentía a gusto en donde vivía, así que en silencio se despidió y emprendió su camino.

dog2El perrito estuvo vagando durante muchos días. Unos días dormía en el parque debajo de una de las bancas, otros días lo hacía en la entrada de algún sitio que lo resguardara de la lluvia, y de vez en cuando lograba escabullirse al interior de una bodega para descansar después de una ardua jornada de caminar y caminar mientras exploraba lo que para él era el mundo. Durante el día, cuando requería de unos minutos de descanso, le gustaba acostarse al pie de un frondoso árbol, porque sus ramas y sus hojas lo cubrían de los rayos del sol, que en ocasiones eran inclementes. El perrito nunca pasó sed, siempre había alguna fuente en dónde beber agua, y tampoco hambre, pues en todos lados encontraba un pedacito de pan que alguien había dejado olvidado en el suelo. Pero lo que más disfrutaba era caminar entre las mesas de los lugares en donde las personas comían al aire libre, porque la gente le compartía un poquito de comida, de esa que tenía en sus propios platos y que al perrito tanto le gustaba. Después de recibir una caricia y unas palabras de afecto, amablemente daba las gracias y continuaba su camino.

Un día, el perrito llegó a un parque y vio a otro grupo de perros que corrían alegres de un lado para otro, mientras un grupo de personas los observaban a lo lejos. Tímidamente se acercó y decidió jugar con los demás. Unos corrían de un lado a otro, algunos más daban vueltas sobre el piso, recostándose panza arriba para que les hicieran cosquillas, y otros jugaban a atrapar una pelota que alguien les aventaba, para devolverla y hacerlo de nuevo, una y otra vez. ¡El perrito no podía creerlo! Quería hacer de todo y jugar con todos a la vez, por lo que iba de un lado a otro entretenido, participando y riendo con todos. Después de jugar un rato, se despidió de sus nuevos amigos y prometió volver al día siguiente.
Más tarde, mientras caminaba por una banqueta, escuchó a unos metros la voz de una persona que parecía estarlo llamando. Se detuvo, miró hacia uno y otro lado para asegurarse que no fuera una confusión, y tras asegurarse que era él a quien llamaba, se acercó a la misteriosa mujer. Ella se agachó, lo acarició y le hizo cosquillas en la panza. El perrito no podía entenderlo, pero le encantaba todo lo que sucedía. Tras haberlo cargado, la mujer lo volvió a poner en el piso, y tras despedirse de él, dio la media vuelta y se fue. Sin embargo, había algo en ella que atrapó la atención del perrito, así que, sin haber sido llamado, la siguió un rato, caminando detrás de ella para que no lo viera y huyera de él, pero siempre con la firme intención de saber quién era ella o por qué se sentía así después de haberla visto.

Minutos después, la misteriosa mujer entró a su casa, por lo que el perrito decidió esperar pacientemente al pie de las escaleras hasta que ella volviera a salir. Se recostó, logró dormir un rato hasta que escuchó que alguien abría la misma puerta por la que había entrado la mujer. ¡Era ella de nuevo! Se le acercó y ella también parecía haberse alegrado de verlo de nuevo. Llenó un plato con agua y otro con croquetas, y los dejó justo a un lado de la entrada de su casa para que el perrito no pasara hambre y sed. Contento, decidió no alejarse de ahí. La personalidad y forma de ser de la misteriosa mujer lo había atrapado.

  • Te llamarás “Sandías”- le dijo un día al perrito, quien desde hacía mucho tiempo había olvidado el nombre por el que su antigua dueña lo llamaba, y éste aceptó gustosamente.

dog5Conforme las semanas pasaron, Sandías iba y venía, aunque en realidad ya no se alejaba de la casa de la mujer. No quería y no encontraba motivo alguno para hacerlo. Todos los días, al salir y también al volver a casa, la mujer lo acariciaba y se despedía de él. En las noches le volvía a dar agua y comida, hasta que un día mientras platicaba con él, le mostró una pelota azul; era pequeña, poquito más grande que la nariz del perrito, pero a éste le había encantado. La mujer alzó la mano ¡y aventó la pelota! El perrito salió corriendo tras ella, la atrapó y se la llevó de regreso a la mujer. Después de agradecer el gesto, la mujer levantó de nuevo la pelota y la aventó una vez más. Sandías la volvió a atrapar –ahora más rápido- y la volvió a regresar. Así estuvieron unos minutos hasta que la mujer se despidió de él, dio media vuelta y entró a la casa.

Al día siguiente Sandías volvió puntual a la misma hora, esperó a unos metros de la entrada de la casa de la mujer a que ésta regresara. Cuando ella llegó, lo acarició, le dijo unas palabras y entró rápidamente a la casa. “Ya pasará, mañana será otro día y volveremos a jugar”, pensó Sandías. Al otro día lo mismo, la mujer regresó, acarició un par de veces al perrito y rápidamente se metió a su casa. Así pasaron los días sin que volviera a jugar con él. Únicamente lo acariciaba, le decía un par de cosas amables y entraba por la puerta sin salir a jugar.
Pero a Sandías no le importaba. Él confiaba que tarde o temprano ella volvería a aventar la pelota para que él la recogiera y volvieran a jugar juntos. A pesar de todo, no perdía la esperanza y cada que escuchaba las palabras de la mujer se emocionaba, pensando que ese sería el día que volverían a jugar con la pelota.

Con el tiempo y sin que nada cambiara, Sandías empezaba a preocuparse porque no volvían a aventarle la pelota, aunque estaba siempre atento a que la mujer volviera a su casa. Ladraba emocionado, le hacía fiestas y, aún así, la pelota seguía ahí, quieta, sin que la mujer la tomara para aventársela de nuevo. Sin embargo, Sandías era paciente. Sabía que lo importante era que ella estuviera bien, era lo que más le preocupaba, pero siempre estaba a la espera de que la mujer decidiera que, ahora sí, era un buen momento para volver a jugar juntos. Sandías esperaba paciente, sospechaba que algo andaba mal, y aún así, ahí estaba.

dog6Claro, hasta que un buen día, Sandías se percató que sus esfuerzos eran en vano. Ella lo saludaba al llegar a casa y se despedía inmediatamente para entrar por la puerta. Pero nada más. Cada que escuchaba su voz, Sandías entraba en estado de alerta por si la mujer aventaba la pelota que él ansiosamente esperaba, aunque en su consciencia supiera que eso no pasaría. Así que, cansado de que no jugaran con él, Sandías ladró un par de veces despidiéndose de la mujer, y volvió a emprender su camino. No entendía qué había pasado, pero como buen perro que es, no cuestionó la situación y siguió adelante.

Sandías volvió a la calle, a dormir en los parques públicos y de vez en cuando a convivir con algún individuo que se encuentra por ahí. Eso sí, se llevó consigo la pelota que tanto le había gustado, en espera de que algún peatón la tome, la arroje lejos y vuelva a hacerlo una y otra vez. Sabe que en cualquier momento se encontrará con una persona así, por lo que tiene los oídos y el olfato listo para cuando sea necesario.

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