Lo que divide al mundo

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Es sin duda curioso que, cuando llegamos a este mundo, todo lo vemos igual y no sabemos hacer distinciones de absolutamente nada de lo que nos rodea. Aprendemos a reconocer la voz, el olor y la presencia de mamá y papá, sabemos cuando tenemos hambre y la única manera de expresarlo es llorando, pero fuera de eso, el mundo nos parece algo tan simple y único que no tenemos tiempo para clasificar cosas que de adultos hacemos todos los días.

Años más tarde, cuando empezamos a recibir cierta enseñanza y nos volvemos más sensibles a lo que oímos y vemos en nuestro día a día, de alguna forma tenemos esa “capacidad” para diferenciar y clasificar lo que sucede a nuestro alrededor. Sin embargo, esas clasificaciones no venían con nosotros desde un inicio, sino que las adquirimos conforme vamos creciendo, considerando que la mente de un infante es como una esponja que absorbe TODO lo que percibe de su entorno.

Por lo tanto, cualquier comentario, crítica o costumbre que presenciemos de manera constante y periódica terminamos por verla como “normal”, sin darnos cuenta realmente si lo que juzgamos como tal o cual cosa tiene un trasfondo distinto.

Pero, ¿de dónde viene esa capacidad para distinguir las cosas, si en el inicio no sabíamos como hacerlo?

Diferencia1Desde el momento en que nacemos hasta los 12 años -aproximadamente-, nuestra mente es como una esponja que absorbe todo lo que sucede a nuestro alrededor. Entonces, es fácil admitir que todo lo que nuestros sentidos perciban en ese lapso de tiempo forjará nuestra base cognitiva para determinar qué nos gusta, qué consideramos como bueno y malo, además de generar patrones de pensamiento y una serie de ideas que nos servirán como base para emitir juicios de valor el resto de nuestras vidas.

Entonces, la respuesta es simple: de nuestros padres, la escuela/maestros y de la religión. Es innegable la influencia que tiene cada uno de ellos en nuestras vidas, sobre todo siendo niños, pues nuestras mentes todavía no se forman un criterio propio y todo lo que recibimos de las personas e instituciones que más captan nuestra atención será lo que asumamos como cierto. Todo lo demás no es debatible.

Pero no se trata de fincar responsabilidades y encontrar quién es el culpable de las cosas que recibimos y las que decimos. En particular, quiero enfocarme en las tres cosas que generan grandes divisiones entre las personas que habitamos este planeta:

1. Religión.- Mucha gente posiblemente se enoje al leer esto, pero seguramente será por defender SU religión por encima de las demás. Históricamente la religión ha sido la causa de casi -sino del total- todas las guerras que han abrumado a la humanidad. La guerra emprendida por el cristianismo en Ágora (Grecia), la época de las Cruzadas, las Guerras Alfonsinas, y en tiempos recientes, el constante acoso del “mundo occidental” contra “el medio oriente” o el “Islam”. ¿O acaso creen que es accidente que TODOS los artífices de ataques terroristas en la actualidad sean “partidarios” del Islam?

DiferenciaLa religión se ve constantemente envuelta en polémica, por muchos temas, pero el más recurrente es la intolerancia a distintas formas de pensar, porque unas y otras creen que el estandarte de su ideología es la única verdad, y todo aquél que piense distinto es un hereje destinado a vivir eternamente en el infierno sin el perdón de dios. O algo así. Los fanáticos religiosos creen que Jesús fue siempre cristiano, que Mohammed fue desde niño musulmán, que Siddartha Gautama nació siendo budista, y que a Zoroastro (Zaratustra) un buen día le dieron ganas de inventar el mazdeísmo, como si todas esas religiones existieran de la nada en el mundo sin haber necesitado de alguien -ajeno a dichos personajes- para instaurarlas. Pero lo que no saben (o no quieren ver) es que todos los mencionados son maestros de luz, poseedores de conocimientos universales que distan mucho de la ideología propia de cada una de sus religiones.

Si no me creen, traten de vivir una vida tranquila diciendole a sus tías y abuelas que no van a ir a la iglesia/templo, y a ver cuando los vuelven a invitar a su casa.

2. Color de piel/raza.- Imagínense caminando en las calles del centro de la Ciudad de México un sábado a las 3:30 am, solos, y a unos metros perciben que se aproximan dos personas igual o más jóvenes que ustedes, ambos en actitud silenciosa, uno sobre la acera que está de su lado izquierdo y otro por la banqueta opuesta. Los dos traen las manos en los bolsillos del pantalón. El del lado derecho tiene piel morena, muy obscura, podrían decir de origen africano. El de la acera izquierda es de tez blanca, muy clara, pareciera ser europeo. ¿Qué acera eligen para caminar, la izquierda o la derecha?

Si todos son honestos, probablemente la mayoría elegiría el del lado izquierdo. ¿Cuántas persona eligen de manera inconsciente así? El resultado puede ser fascinante.

Lo mismo sucede en un día normal de nuestras vidas. En México solemos burlarnos de los indígenas por el simple hecho de ser indígenas. Los vemos como ciudadanos de tercer mundo, como “inditos” porque visten diferente, viven diferente y creen en cosas completamente distintas a las nuestras, olvidando que nuestras raíces son las mismas, y que muy probablemente la sangre que corre por las venas de esos “indios” es la misma que la nuestra.

¿Quieren otra prueba? Vayan a cualquier “antro” de la zona de Polanco/Roma/Santa Fe en la Ciudad de México, y vean la constitución física de las personas que se quedan sin entrar (los bateados) contra los rasgos de la gente que pasa de inmediato. Si eso no es marcar diferencias, entonces que alguien me explique.

3. Status financiero. – En un país en el que “el metro (transporte público) es para pobres”, “solo los jodidos votan por Morena (partido político)” y un empresario que roba millones está libre mientras que alguien que robó 7 pescados de un mercado es sentenciado a cárcel, podemos darnos cuenta de la gran separación que el dinero genera en México. Supongo que lo mismo sucede en otros países, pero vivo en éste y es el único cuya dinámica social más o menos conozco.

Diferencia3El dinero controla a la gente, la obsesiona al grado de hacer que pase un incontable número de horas a la semana en una oficina persiguiento ese dinero extra que le permita….no sé que le permita, porque seguro tiempo para disfrutarlo, no. Pero a la vez el dinero genera una sensación de poder totalmente artificial, cuya base es un juego de cartas que al primer temblor termina por derrumbar la ilusión de “el dinero todo lo puede”. Creemos que por tener más dinero que el resto de la gente somos superiores a ellos, por el simple hecho de acceder más fácil a bienes materiales que son un engaño de la realidad, una ficción. Nos dejamos guiar y controlar por un papel, una serie de números con los que no llegamos a esta vida y, les aseguro, nos iremos también sin ellos.

Al final, todos venimos del mismo lugar, y llegaremos al mismo destino. Si bien tenemos rasgos y características distintas al resto de la gente, no podemos permitir que diferencias tan simples marquen una división tan grande entre nosotros, llevándonos a ignorar la situación ajena pensando que, al no ser como la nuestra, entonces esa gente no es digna de nuestro respeto.

Los factores por los que creamos esta honda división son artificiales, ajenos por completo a la naturaleza humana, creados por una sociedad regida por un sistema en el que lo colectivo queda en segundo plano, pues el éxito individual es lo que nos da cierta valía, sin importar lo que suceda con nuestros prójimos. Y no debe ser así. Hemos hecho oídos sordos a las advertencias que el planeta nos da en relación a que lo que haga o deje de hacer el de enfrente tiene un impacto directo en mi, y al revés, lo que yo haga no solo genera un efecto en mi propia esfera, sino repercute en los demás. No es de extrañar que en el mundo haya tantas guerras, racismo y violencia, como si fuera el pan nuestro de cada día. ¿Cómo pretendemos alcanzar la paz si no somos capaces de ver a las demás personas como nuestros iguales?

Hagamos a un lado las cosas artificiales, aprendamos a respetar y celebrar las diferencias que tanto enriquecen nuestro entorno. Estamos hechos de lo mismo, y terminaremos esta vida (y lo que haya después) en el mismo lugar. ¿Por qué entonces ensañarnos en marcar inútiles diferencias que solo generan angustia y rencor? Demos un paso adelante y digamos no más a esas conductas que tanto dañan no solo al de enfrente, sino a nosotros también.

 

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