La nostalgia de Guns N’ Roses en México

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Hablar de nostalgia es recordar sucesos, situaciones y hasta objetos de antaño que por razones específicas nos hacen viajar en el tiempo justo a ese preciso momento, sonreír y volver al presente después de unos segundos que en ocasiones pudieran parecer minutos, incluso horas.

El concierto que dio Guns N’ Roses el pasado 19 de abril provocó justo eso: un dejo de nostalgia por mi infancia en los que solía visitar a mi primo para jugar videojuegos, hacer “trucos de magia” con una tortuga y, por qué no, escuchar música que años después me seguiría a todas partes.

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Axl Rose, sentado en su “trono” de guitarras.

Mi pasado incluye algunos episodios “obscuros”, y uno de ellos es que, trasladado a la realidad de hoy, de niño era uno de esos que se etiquetan como fresitas: me gustaba la música pop, la electrónica y otros gustos del mismo estilo. Sí, ya sé, el mundo de las etiquetas en las tribus urbanas son ridículos. Y sí, también estoy consciente, cada quien tiene gustos distintos, pero el Jorge de hoy ha madurado, despertado a la realidad y sabe (casi con certeza) lo que es bueno.

Sin embargo, uno de los muchos highlights de mi infancia (por ahí de los 8 a 10 años de edad) era ir a casa de mi primo quien, tres años mayor que yo, era lo más cercano que tenía a un hermano mayor y un modelo a seguir. Muchos de los gustos -musicales, deportivos, etc.- que tengo hoy los adquirí por él, por seguir lo que él hacía porque “su manera de ser y las cosas que hacía y decía eran muy cool”. Y una de las cosas que más recuerdo de esas visitas era escuchar los discos de Guns N’ Roses una y otra vez como fondo de nuestras demás actividades.

Uno puede imaginarse entonces la emoción que abundó en mi cuerpo al estar parado -a varias decenas de metros, no obstante- enfrente de Axl Rose, Slash y Duff McKagan, aquellos ídolos de la infancia que marcaron, sin saberlo, mi gusto musical muchos años después. Y qué poético resultó, además, que al concierto asistí con Toño, mi primo con el que pasaba incontables horas escuchando una y otra vez Live and Let Die, November Rain, Paradise City, You Could be Mine, Sweet Child O’ Mine, It’s so Easy, Don’t you Cry, Welcome to the Jungle y muchas canciones más del amplio repertorio de Guns N’ Roses.

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Slash, la leyenda.

Gran nostalgia causó Axl Rose sentado en una especie de “trono” de guitarras durante todo el concierto, y es que la lesión que sufrió a inicios de mes en Los Ángeles impidió que tomara por asalto el escenario como solía hacerlo, para dar vueltas, brincos y contagiar al público de esa energía que tanto el caracteriza. Por momentos se le veía la frustración de tener que estar sentado mientras cantaba, y no podía sino bailar con el torso, mover la pierna sana y su tan característico gesto con la mano con tal de demostrar a la gente que, aun años después, tiene toda la energía de aquél joven considerado prodigio de la música.

Slash es una puta leyenda. Sí, con ese adjetivo. Pocos tocan la guitarra como él. Si Axl no podía dar el show que acostumbra estando sano, Slash decidió hacer suyo el escenario y el corazón de los miles de aficionados que embobados lo veíamos tocar uno y otro de los solos que tanto emocionan. La melodía de la película de El Padrino seguida de la introducción de Sweet Child O’ Mine fue el momento cumbre de la noche, y sólo alguien como él podía hacerlo con tanta maestría.

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Duff, talentoso como pocos.

Duff McKagan -el bajista- es un showman por sí solo. Siempre ha estado y estará a la sombra de Axl Rose y Slash, por lo carismáticos que son, pero el temple con el que se mueve en el escenario, y la calidad de notas que emite el bajo en sus manos sin albur  no pasa desapercibida a los oídos de la gente. Su personalidad atrapa a quienes estábamos ahí, y aunque no empató en decibeles a los aplausos hacia los otros dos, al menos yo me emocioné desde mi trinchera como pocas veces lo había hecho. Gran personaje.

Sin dudas ha sido uno de los mejores conciertos del año, y seguramente la mayoría de los asistentes no solo disfrutamos de la música en vivo de la banda, sino también de los recuerdos que cada canción evocaba en nuestra memoria, individual o colectiva.

Abrazo

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