Adiós al mundo corporativo. O algo así.

En seguimiento al tema de los cambios, es mi turno hablar un poco acerca de mi realidad en este breve capítulo de vida terrenal, en especial en el tema laboral.

Desde hace aproximadamente 11 años ejerzo la profesión de abogado, título que orgullosamente obtuve en 2006 del Tecnológico de Monterrey (Ciudad de México). Estudié una Especialidad en Derecho de Empresa en la Universidad Panamericana y una maestría en Derecho Internacional, cuyos estudios también realicé en mi Alma Máter. Todos mis años de vida laboral los he pasado en despachos de abogados, de esos que vemos en películas y libros de John Grisham que, si no están al tanto, exigen a quienes trabajan ahí un ritmo de vida un tanto caótico, por decir lo menos.

Stress and frustration

La vida en despachos de abogados puede ser tan ingrata o gratificante como uno quiera, dependiendo el enfoque y perspectiva que le demos a la vida. Los abogados ganan muy bien, pero trabajan un considerable número de horas a la semana, lo cual implica tener muy poco tiempo libre (y por muy poco me refiero a casi nada) para utilizar el dinero ganado como parte de sus labores. Claro que trabajar en esos despachos da mucho renombre. Piensen en una versión mexicana de la serie SUITS. Los abogados de los grandes despachos aparecen constantemente en los rankings de los mejores abogados del país. Pero eso sí, no lo invites al cine, una cena o concierto en martes a las 9 de la noche porque seguramente seguirá en su oficina.

Por lo tanto, dependiendo del enfoque que uno tenga, la vida puede ser tan maravillosa o complicada, de acuerdo con la ideología de cada persona.

En mi caso, cuando era estudiante universitario, mi meta era llegar a ser socio de alguno de esos grandes despachos, o poner el mío. En ambos escenarios la vida me exigiría trabajar de sol a sol a veces seis o siete días a la semana, pero eso sí, con un gran éxito profesional. No obstante, algo sucedió en el camino que, conforme me perdía más eventos familiares, con amigos, conciertos y viajes, me di cuenta que algo faltaba en mi vida. No era posible que todo fuera trabajar de 9 a 9 encerrado entre cuatro paredes, mientras mis amigos y conocidos iban y hacían tantas otras cosas después de su horario laboral.

Oficina3
En el despacho, mi ex-jefe era eso: un gran jefe, pero uno de los peores líderes que he conocido.

La visión de lo que quería para mí se tornó más obvia cuando mi ex-jefe -dos o tres años mayor que yo- sacó de algún lado su capataz interno y de las llamadas de atención pasamos a los gritos y a los insultos, creando así una cultura de miedo dentro del equipo de trabajo que hacía cada vez más complicado ir a trabajar con una buena actitud. Si a eso le añaden que la oficina está en Santa Fe, centro financiero del país ubicado al poniente de la Ciudad de México, y que el tráfico es uno de los círculos del infierno según la visión de Dante Alighieri, podrán imaginarse que ir a trabajar era todo menos emocionante.

Sin embargo, puedo decir que estoicamente fui a trabajar religiosamente tres meses posteriores a la lobotomía conductual de mi ex jefe, pero con mi mente y corazón puestos en darle un giro a mi vida profesional: encontrar un trabajo que me diera la oportunidad de vivir en abundancia pero a la vez con un balance de vida que indudablemente me hacía falta desde años atrás. Uno de esos trabajos en los que la raza más pura de la sociedad -la raza Godínez- entra y sale en horarios determinados, teniendo la posibilidad de acceder a una de miles de actividades que la gran Tenochtitlán moderna ofrece a sus habitantes y visitantes.

Con mi deseo expresado al Universo, la Fuente, Dios o como le quieran decir, un buen día mientras me encontraba de viaje recibí un mensaje de una muy querida amiga preguntando si estaría interesado en trabajar en la empresa en la que trabaja su mamá como cabeza del área jurídica. Empresa. Horarios Fijos. Actividades Extralaborales. VIDA. Obviando la respuesta, me pidió que le mandara mi CV a la brevedad, y aprovechando que me había llevado mi laptop al viaje del mundial de hockey sobre hielo (¿qué esperaban, que mi ex-jefe no me exigiera que trabajara durante mis vacaciones? ¡Ilusos!) le mandé inmediatamente el archivo.

A partir de ese momento, fue todo obra del gran Universo que todo lo sabe, todo lo puede y todo lo hace. Milagro tras milagro todo fue sucediendo de la manera más natural y sin haberlo forzado.

Recibí una llamada algunos días después de haber regresado de viaje -mediados de marzo-, acudí a la primer entrevista con Recursos Humanos; luego la segunda con quien sería mi jefa; y por último la entrevista con el Director de Finanzas de la empresa. Todo dentro de un periodo de tiempo suficiente y exacto para que en el despacho pudiera recibir la zanahoria de todo abogado que entra a ese despacho que es el bono discrecional de hasta casi cuatro meses de sueldo. PUM. Un milagro, después otro y al final otro.

Oficina5Según la gente de RH de ésta empresa, la decisión final la tomarían dentro de los tres días siguientes a la última entrevista, y estaría entre dos candidatos al puesto: uno de ellos era por supuesto yo. Al salir, lo único que sabía era que el “elegido” sería yo. ¿Cómo lo supe? No sé, simplemente mi instinto, esa voz interior que todos tenemos pero que pocos escuchamos -y que siempre tiene la razón- me decía que dejara de preocuparme, que pronto dejaría la dinámica de despacho que tan ingrata se volvió ante mi visión de vida, para pasar a un equilibrio entre vida y trabajo que me daría la oportunidad de hacer tantas cosas que había dejado de hacer y que tanto anhelaba: clases de meditación, de yoga, ir al gimnasio, clases de fotografía, conciertos, cenas, reuniones, etc. Vivir. Simplemente vivir.

A diez días de haber iniciado mi etapa en esta empresa, puedo decir que me doy cuenta de todo lo que me había perdido durante 10 años. Voy a clases de yoga, mi hora de dormir es mucho más temprano que antes, evito el estrés de manejar en estas caóticas calles de la Ciudad de México porque camino al trabajo un mínimo de tres días a la semana (todavía tengo pendiente el tema de la bicicleta), puedo ir a comer a mi casa, ahorro en gasolina, comidas, salgo de la oficina cuando el sol todavía está en la parte alta del firmamento.

Es tanta mi emoción que todavía tengo que organizar mis días entre semana para saber qué haré y cuando, pero sabiendo que ya llevo tres clases de yoga, una cena con grandes amigos, un concierto y el Torneo Panamericano de Hockey sobre Hielo en estos diez días, si algo tengo claro es que ahora sí estoy viviendo como se debe vivir. Quizás el crecimiento en este ámbito sea a paso más lento que en los despachos -tengo pendiente saber si hay aumentos anuales o no-, pero si de algo estoy seguro es que la abundancia universal estará siempre en mi vida, y poco a poco se irán abriendo caminos y opciones en este rubro.

oficina2¿Qué pasó con mi sueño de ser socio de algún despacho? La vida da diversos giros a lo largo del camino. Hoy mis sueños son otros, y estoy avanzando hacia ellos, con una actitud abierta ante lo que la vida tenga para mi, sabiendo que siempre será el camino correcto, porque lo sé y porque confío en mi y en mi entorno. Al igual que el tema laboral, sé que en todo lo demás irán sucediendo milagros uno detrás del otro hasta materializar esos sueños que imagino mientras camino al trabajo por las mañanas, y que me hacen sonreír cuando regreso a mi casa antes de ir a yoga. Esos sueños en los que me veo con mi compañera de vida (tarea todavía pendiente pero que ya está por cumplirse, también lo sé) y mis hijos en una casa con jardín y con un par de perros y quizás un gato, gozando de las risas y los juegos con los niños, habiendo compartido con toda la gente mis experiencias y enseñanzas a través de algunos libros. Esa es mi visión, y sé que tarde o temprano la estaré viviendo.

Eso es la vida. Este preciso momento. Milagro tras milagro. Caminar con una sonrisa en el rostro sabiendo que todo está bien.

Abrazo.

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2 respuestas a “Adiós al mundo corporativo. O algo así.

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