Cómo cambió mi vida, 2a. Parte

Siguiendo con el tema de las cosas que he hecho o las acciones que he tomado para que mi vida esté tomando una nueva perspectiva, una especie de rumbo distinto dentro de este mismo planeta que todos habitamos, hay otra cosa que desde mi trinchera me ha ayudado a vivir de manera distinta y, a diferencia de la meditación, esta no requiere ni siquiera sentarse o asumir posición alguna, toma apenas unos breves instantes, y se puede hacer tantas veces como uno quiera durante el día.

Dar gracias.

No me refiero a la respuesta que, por educación, tendríamos que dar a cualquier persona que nos da o hace algo por nosotros. Es simplemente tener una actitud de agradecimiento ante todas y cada una de las cosas que la vida nos pone en nuestro camino día con día.

gracias1Así de sencillo; sin complicaciones ni procedimientos complicados. Tampoco se necesita tener una creencia específica ni ejercer una relación en particular; todas las personas hemos estado agradecidas con alguien o por algo en algún momento de nuestra existencia, y se siente una profunda paz al momento de hacerlo.

No obstante, la mayoría de ocasiones que mostramos nuestro agradecimiento para con alguien o algo en particular, es consecuencia de esos valores sociales que nos han inculcado en casa desde pequeños: recuerdo a mis papás y a mis amigos decir una y otra vez a los niños “¿cómo se dice?” cuando recibimos algo de alguien. Y no está mal hacerlo, es evidencia de la educación que recibimos y muestra del respeto que tenemos hacia los demás.

Pero no nos quedemos ahí. Hemos dejado de agradecer todas aquellas “pequeñas” cosas que hay a nuestro alrededor a cada minuto, porque ya no les damos el verdadero valor que tienen. Nuestra capacidad de asombro ha disminuido, y nos hemos acostumbrado a tener ciertos bienes o prerrogativas como si fuera algo inherente al ser humano, y no es sino hasta que las perdemos o nos cuesta trabajo obtenerlas que recordamos el valor que siempre tuvieron pero que olvidamos considerar.

gracias2La primera vez que hice este pequeño ejercicio de estar consciente de mi vida y agradecer todo lo que había a mi alrededor fue después de haber visto este video de la plática de una psicóloga chilena Pilar Sordo, en el que narra su experiencia con un paciente sordo que atravesaba por una depresión fuerte, y al que le deja la tarea de escribir todas aquellas cosas buenas que le pasan durante el día. La psicóloga menciona unas cuántas de todas las que el paciente escribió ¡¡EN 4 CUADERNOS empastados!! y si ven el video, son cosas que, como ella dice, nosotros vivimos por montones todos los días, pero que hemos dejado de valorar porque nuestra mente está distraída con cosas irrelevantes y que supuestamente requieren nuestra atención, pero que nos alejan de admirar la belleza en lo más simple de la vida.

A partir de ese día es mi costumbre dar gracias desde el primer momento en que abro los ojos hasta aquél en el que los cierro en preparación para dormir. ¿Y saben qué? Todavía hoy, cada vez que me hago consciente de una cosa -por pequeña que sea- y agradezco por ella, siento una paz inmensa en mi interior. Es difícil describir con exactitud lo que pasa con mi cuerpo cuando doy gracias por algo nuevo cada día, pero “paz” es lo más cercano a esa sensación que ahora vivo todos los días.

¿Cuántas veces hemos dado gracias por escuchar el sonido de las olas, por la lluvia que cae a la orilla del mar en un atardecer en compañía de los seres queridos? Nos parece algo tan “normal” el tener un techo bajo el cual dormir, cuando hay gente en toda la ciudad -cualquier ciudad, al menos del llamado tercer mundo- que todos los días busca un lugar en la calle donde dormir, y aún así no somos capaces de sentir agradecimiento por eso que damos por sentado.

graciasLa sonrisa de un niño, la caricia de nuestra pareja, un mensaje de nuestros padres; el conocer a una persona nueva; el viento que sopla en una tarde calurosa; los rayos del sol que nos calientan en una mañana fría; llegar con bien a nuestras casas; comida caliente en nuestros platos; tomar una cerveza con un amigo; servir de oído u hombro para llorar para alguien cercano; la oportunidad de ayudar a alguien y verlo sonreír a cambio; el olor y la risa de un bebé; recuperarnos de una enfermedad; tener un lugar donde ejercitarnos; tener un tiempo libre para leer; viajar. Cosas tan simples pero que hemos dejado de apreciar porque nuestra capacidad de asombro ha sido sustituida por un aburrimiento crónico resultado de la vida que “tenemos que vivir” para sobrevivir.

Cuando aprendemos a valorar todo aquello que tenemos, que usamos, que hay a nuestro alrededor, somos capaces de sentirnos agradecidos y darnos cuenta que ESO es vivir, ese estado perpetuo de paz por saber que tenemos lo suficiente para vivir bien, y que si llega algo más, estaremos agradecidos en igual medida.

Dicen por ahí que cuando estamos agradecidos es cuando nos abrimos a la abundancia, porque sabemos que no nos urge tener algo para vivir en paz y estar tranquilos. Cuando nos obsesionamos con algo es como si lucháramos contra eso: lo alejamos. En cambio, cada vez que agradecemos lo que tenemos, reconociéndolo por tanto como suficiente en nuestras vidas, es como si abriéramos nuestros brazos -nuestra alma- a las maravillas que tenga dios para nosotros.

No hay nada más sincero que un corazón agradecido, y si dar gracias sinceras por todo lo que tengo alrededor es lo que se necesita para vivir en paz, no dejaré de hacerlo ni un solo día.

Abrazo.

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