¿Eres lo que soñabas ser?

Recuerdo muy bien mi infancia, la etapa del ser humano en la que las preocupaciones son todo menos eso, y en la que los niños sueñan todos los días, dormidos y despiertos, sobre cómo imaginan la vida, los juegos y el mundo en general. Los niños son los seres más inocentes (que es distinto de ingenuos), sensibles y puros que puede haber. No están contaminados con los problemas y ansiedades de los adultos, y en consecuencia ven al mundo con los mejores ojos, porque no conocen la maldad y sienten con todo su ser que, aquello que imaginan se convertirá en realidad.

suenas1No sé ustedes, pero cuando era niño soñé con ser tantas cosas que nunca me daba abasto con lo que hacía. Soñaba con ser futbolista, y me veía anotando un gol en el Estadio Azteca ante 100 mil espectadores; también torero, cuando todavía no entendía que está mal hacer daño a otros seres vivos. Imaginaba ser dueño de un casino, al que llegaban mis papás a jugar y les cobraba por guardar sus cosas en casilleros que yo mismo armaba con cajas de cartón. Me sentía piloto del ejército, supongo por influencia de la película de Top Gun, y adecuaba el sillón de la sala para acomodarme y viajar alrededor del mundo. Junto con mi hermana, fuimos actores de doblaje de las películas, y nos encerrábamos en el cuarto de TV con las luces apagadas con una videocasetera para emular los diálogos en español. Fui, también con mi hermana, reportero de noticias, y nos sentábamos en el pasillo del departamento donde vivíamos, con una mesita de juguete, lápices de colores y bloc de notas para dar las noticias que sacábamos del libro de Mafalda (y que, irónicamente, nunca pierden su vigencia). Me vi buceando los océanos en búsqueda de grandes animales marinos, con las manos arrugadas “como viejito” por estar tanto tiempo en el agua. Y esas son sólo los que recuerdo, porque seguramente tuve algunos más que en estos momentos no vienen a mi mente.

La vida siguió, llegó el momento de elegir rumbo profesional y me incliné hacia el mundo del Derecho. La abogacía. Quería ser Notario, como mi tío consentido, pero nunca me conformé con que me dieran un puesto simplemente por lazos familiares. Desde el día uno de mi vida profesional he obtenido trabajo por méritos propios, a través de los procesos de reclutamiento comunes en los despachos de abogados, y desde ese entonces ejerzo esta noble pero complicada profesión. Sin embargo, de niño nunca soñé con vestir diario de traje y corbata, ni tampoco me imaginé acudiendo a los tribunales del fuero común o federales para representar a alguien en un juicio. Muchos menos me vi sentado entre cuatro paredes frente a una computadora redactando reportes, opiniones y consultas. Domino un área del derecho, conozco otras cuantas y sigo aprendiendo de muchas más, pero, viéndolo en retrospectiva, Jorge de 8 años seguramente estaría extrañado de ver a Jorge 26 años después haciendo algo que jamás había imaginado, de lo que nunca había planeado. ¿Que me diría si nos encontráramos hoy?

suenas3Así como yo, estoy seguro que todas las personas teníamos sueños de niños, y formábamos esas imágenes mentales de lo que sería nuestra vida en unos años, y teníamos prisa por crecer, porque queríamos ser aquello que imaginábamos. Con los años, la mayoría de las personas tomamos decisiones de vida que nos llevan por un rumbo, aunque en muchísimos casos ese rumbo es desconocido o alejado completamente, no solo de lo que habíamos soñado, sino incluso de lo que teníamos planeado. Puede ser que esas decisiones estén influenciadas por la realidad de lo que vemos en casa: si papá o mamá es doctor, probablemente alguno de nosotros eligió el mismo camino porque queríamos ser como ellos, queríamos emular a nuestros siempre admirados héroes. O quizás ingresamos a la universidad porque el legado familiar así lo exigía: “tu abuelo, tus tíos y yo somos abogados, tu familia es de abogados”, y así, con tal de continuar con la tradición, elegimos algo que nos marcará de por vida. Nunca falta tampoco la profesión de moda: “tienes que elegir administración financiera, porque los mercados de capitales son los que mueven al mundo”, y ahí estamos, estudiando números que representan una ficción que al final se refleja en nuestro bolsillo y el de nuestros clientes.

A menos que lo que hacemos haya sido el sueño de nuestra infancia, en cada una de esas decisiones que tomamos bajo la influencia de alguno de esos factores que rodean nuestra existencia juvenil, cada paso que dimos para ingresar al camino elegido nos alejó en la misma proporción de ese sueño que alimentaba nuestros días, de esa imagen que con tanto detalle forjamos pero que la madurez que conlleva la realidad de la vida adulta ha ido borrando poco a poco, reservando para nuestros anhelos un lugar en el cajón de los recuerdos, a un lado de las fotografías rotuladas por mamá en las que ella veía una cosa, pero nosotros vivíamos otra distinta. Y es ese camino alejado de nuestros deseos lo que nos ha llevado a vivir una vida traicionando nuestra naturaleza soñadora, regidos por una sociedad que idealiza al dinero como meta y no como medio para alcanzar un fin. Una sociedad que nos enseña que es necesario trabajar 10 horas diarias para tener el logotipo de una marca en nuestro pantalón, en lugar de salir a descubrir el universo que nos rodea y del que somos parte fundamental. Una sociedad que remunera a los que más esfuerzo gastan para alguien más, pero que a la vez son los que menos viven, entendiendo la vida en toda la extensión de la palabra.

El sistema escolar está hecho para que trabajemos no solo en las aulas, sino en casa para cumplir con nuestras tareas, preparándonos para el mundo de los adultos en lugar de promover que vivamos una vida de niños, que nos incite a convertir nuestros sueños en realidad, en lugar de adecuar nuestra realidad a esos sueños. Los niños están hechos para jugar, brincar, reír y soñar. Soñar que son jugadores de hockey o de fútbol, patinadoras profesionales, buscadores de tesoros o guardabosques. ¿En qué momento nos permitimos abandonar nuestros sueños por perseguir una meta tan artificial como lo es el éxito corporativo?

suenas2A mis 34 años estoy contento con el camino que he recorrido. No tengo arrepentimientos, pues he logrado entender que estoy aquí por alguna razón y con un firme propósito. Sin embargo, al igual que hace 25 años, hoy también tengo sueños, y cada paso que doy en mi vida adulta está encaminado a cumplirlos, porque me he hecho la promesa de no abandonarlos como lo hice alguna vez. Porque son esos sueños los que empujan a cada persona a seguir adelante con sus vidas, convirtiéndose en la motivación necesaria para alcanzar el fin último que es ser feliz y vivir una vida en paz. Tanto había anhelado poder tener tiempo para cultivar esos sueños que hoy veo y, sobre todo, vivo los frutos de imaginarme haciendo determinadas cosas, y trato de aprovechar el tiempo de la mejor forma, como si ofreciera una disculpa a Jorge de 8 años por no haberle permitido ser lo que tanto quería.

Si bien mis sueños hoy son distintos, por fin entendí que no debo dejarlos a la deriva, y con cada palabra que escribo aquí y en mis cuadernos de notas me acerco a uno de esos sueños que tengo como adulto.

Los invito a seguir el camino de su imaginación; a entender que nunca es tarde para empezar aquello que tanto les apasiona. Que no importa si tienen 18 o 70 años, el regalo del tiempo ahí está mientras respiremos esta vida. Siempre hay tiempo libre, es cuestión de organizarse. Reúnanse con su niño interior y avancen juntos en el camino de sus sueños, y verán como la vida que soñaron estará ahí, frente a ustedes, y que nunca es demasiado tarde para empezar a vivirla.

Abrazo.

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