¿Qué pasa en México?

Esta semana ha sido complicada en mi país. La tendencia ha sido la misma desde que tengo uso de razón, y este sexenio ha tenido la misma tesitura: violencia, corrupción y, prácticamente, malas noticias por todos lados. De cierta forma los mexicanos nos hemos acostumbrado a eso, y el hartazgo nos está orillando a una indiferencia que, reconozco, hace daño en un plano social y político.

El 15 de mayo del 2017 fue un día rojo, sangriento en especial para el periodismo. Javier Valdéz, fundador del semanario Riodoce, y corresponsal del periódico La Jornada, fue asesinado en las calles de Culiacán, capital del estado de Sinaloa, al noroeste del territorio mexicano. Sinaloa es famosa por ser la cuna del narcotraficante más famoso de México: Joaquín “el Chapo” Guzmán. Es el sexto asesinato de periodistas en lo que va del año, y el 31 del sexenio. México es, sin duda, uno de los países más peligrosos para ejercer la profesión que funge como contrapeso de la corrupción, impunidad y abusos que se cometen desde el poder, ya sea el oficial -gobierno- o fáctico -narcotráfico-.

Sin ánimos de parecer insensible, lo más preocupante de esta realidad que vivimos es la indiferencia con la que afrontamos este tipo de situaciones. Son pocos los que han levantado la voz en reclamo de lo acontecido -y principalmente compañeros del gremio-, pero el resto de la sociedad no hace sino mirar impávida los hechos, lamentarse y darse la vuelta para seguir con su vida normal. Causa más preocupación el status del fútbol nacional que una serie de homicidios que, de una u otra forma, buscan callar la verdad de lo que pasa en todos los rincones de nuestro país.

No es momento de fincar responsabilidades y linchar culpables. Sí, esa es una labor que alguien debe hacer forzosamente, como muestra de respeto para Juan Valdez y su familia, así como para la sociedad en general, pero -esperemos- el gobierno será quien deba cumplir con esta complicada tarea. Es tiempo de hacer una introspección como sociedad y ser asertivos con los vicios que tenemos, en lo individual y en lo colectivo. Desde los actos más simples como cruzar la calle por donde no se debe, hasta cometer fraudes y actos de corrupción, todos hemos sido partícipes de los actos que nos han llevado a afrontar estas consecuencias.

Sin embargo, lo más importante es voltear hacia nuestro lado humano, esa naturaleza que compartimos con absolutamente todos sin importar el color de piel, el status social y la profesión que ejercemos, y entender que la violencia nos afecta a todos, no solo a los deudos de las víctimas de estos actos atroces que vemos todos los días en los medios como si fuera el resumen deportivo de la semana. La sociedad se ha automatizado de tal forma que somos incapaces de mostrar aunque sea empatía por lo que está sucediendo. Es esa empatía, justamente, lo que nos inclinaría a actuar de una u otra forma desde nuestra trinchera para buscar que la situación mejore. ¿Qué más podemos hacer? Como no lo conocemos, no somos capaces de llorarle y buscar corregir la situación. La indiferencia nos está matando.

Literalmente.

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