El problema con la telefonía celular

Ayer salí de la oficina momentáneamente, y antes de cruzar la calle, una camioneta que circulaba por ella estuvo a nada de atropellar a un repartidor de comida en bicicleta (Uber Eats, de lo cual hablaré en otra ocasión). El ciclista, claramente molesto, increpó a la conductora de la camioneta: “¡deja el pinche  celular!”. Tenía razón, vi a la conductora enfocada en la pantalla de su teléfono móvil -desconozco qué marca o modelo era-, mientras olvidaba poner el pie en el freno y así evitar un accidente que, por cierto, no sucedió gracias a la pericia del ciclista.

Horas después, de regreso a la oficina después de mi hora de comida, compartí el elevador con una mujer de unos 30 años. Desde que entré al elevador la vi muy concentrada en su teléfono celular. Supongo que estaba enfrascada en una conversación porque de repente sonreía a la pantalla, o leía algún chiste, no sé, pero evité preguntar para no distraerla. Las puertas del elevador se abrieron en el piso 14 -mi destino era cuatro pisos más arriba-, y unos cuantos segundos pasaron sin que nadie saliera o entrara. Al cerrarse las puertas, la mujer se percató que tenía que haberse bajado en el piso 14 y, obviando su responsabilidad, hizo un gesto de coraje. Me salí tan pronto abrieron las puertas en el piso 18, y hasta la fecha desconozco el paradero de mi compañera de elevador.

En pleno siglo XXI vivimos una especie de letargo tecnológico, y no me refiero a un retraso en el desarrollo de nuevos aparatos y desarrollo de procesos y soluciones, sino al estilo de vida que adoptamos gracias a dichos avances que parecieran suceder a un paso cada vez más acelerado. Pasamos más tiempo viendo la pantalla de un teléfono celular que nuestro entorno. Caminamos encorvados, con la mirada hacia abajo, obviando los milagros que día con día se presentan ante nosotros pero que ignoramos gracias a la tecnología.

Nos hemos vuelto una sociedad automatizada. Preferimos buscar el último chisme de moda o ahondar en lo que está haciendo una persona con la que nuestra única interacción es darle “me gusta” a sus publicaciones, fotografías y videos, aun cuando haya pasado una década sin haberla visto en vivo y a todo color. Obtenemos nuestra información de las redes sociales y la asumimos como verdadera, sin tomarnos el tiempo suficiente para verificarla y comprobar si lo que el “influencer o bloguero” de moda dijo es cierto. Podemos decir mentiras, pero si lo hacemos con estilo, es suficiente para que nos consideren como persona influyente. Qué desgracia.

Y de la comunicación, mejor ni hablamos. Literal. Estamos llevando tan al extremo lo antiguo -lo vintage-, que nuestras conversaciones ya no se hacen vía telefónica, sino a través de chats. La ironía es que cada vez usamos menos palabras y recurrimos más a las imágenes, tal y como lo hacían los primeros habitantes de la tierra: ellos lo hacían en las paredes de las cuevas, nosotros las mandamos a través del celular. Regresamos a la edad de piedra donde el vocabulario era ilustrado, echando por la borda años y años de desarrollo social en el que la comunicación se fortaleció a través de las palabras.

Sólo espero que este avance tecnológico en reversa -derechos de autor pendientes- no nos lleve a la época en la que los hombres golpeaban a las mujeres para cortejarlas, las arrastraban en señal de hombría y fortaleza, y las dejaban a cargo de las labores simples del hogar, como recolección de frutos y cuidado de los niños. Eso ya sería ir demasiado atrás.

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