El fenómeno climático en la CDMX

No soy experto en temas de clima. Nunca he aspirado a mostrarme en televisión dando los pronósticos para el día, en particular porque no poseo la belleza visual que marca la tendencia actual de los requisitos necesarios para ser presentador de esa sección de los noticieros. Pero lo que sí sé es identificar cuando algo extraño está sucediendo con el clima, y los habitantes de este monstruo llamado Ciudad de México todavía no logramos acostumbrarnos a tal confusión. Es más, no sé si algún día lleguemos a hacerlo.

Es innegable la realidad del calentamiento global y el cambio climático. Para todos aquellos que todavía lo duden, visiten la capital de México en estos días y podrán vivirlo en carne propia, darse cuenta que ese fenómeno es más real de lo que lo pinta la comunidad científica. Desde hace aproximadamente medio mes, el otrora Distrito Federal ha padecido la furia y depresión del planeta tierra en un mismo día. Imaginen que están platicando con una persona enojada y sienten la descarga de su furia, y una hora después, ya que lograron mediar un poco con ella, se suelta en llanto (acá solemos decirle de manera coloquial “a moco tendido”, sea lo que eso signifique) como si estuviera desahogando las frustraciones acumuladas de dos años para acá.

Las mañanas -y hasta poco después de la comida- se han convertido en una sucursal del infierno para nosotros los capitalinos, alcanzando temperaturas de 32 grados. Sí, lo sé, no se compara con los casi 40° que padecen en la región norte del país, pero para nosotros acostumbrados a un clima templado, alcanzar esos niveles de calor provoca que más de uno empiece el ritual necesario para el advenimiento del final de los tiempos, una especie de preparación para visitar el infierno que tan famoso hizo a Dante. Es más, estoy seguro de haber escuchado en un par de ocasiones el crujir de dientes al que se refería la biblia. Terrorífico

Este capricho climático provoca que los habitantes de esta gran ciudad nos enfrentemos con un serio dilema todas las mañanas: vestir ropa ligera para aguantar el calor, o con ropa que nos permita sobrevivir un naufragio en alta mar. Si eliges la primera, por la tarde/noche el frío del viento cala como pocas veces lo hemos notado aquí, y la ropa mojada complica la existencia de nosotros los simples mortales. Si eliges la segunda, tendrás que soportar la penura de que suden partes del cuerpo a las que no les da la luz, o de las que no sabías su existencia.

Por si quedara alguna duda de la realidad que es este fenómeno, el gobierno local ha declarado la Fase I de Contingencia Ambiental, lo que significa, entre otras cosas, ciertas restricciones al uso del automóvil en la ciudad, con la firme intención de disminuir los índices de contaminación que predominan en el ambiente. Claro que la ubicación geográfica de la CDMX no ayuda mucho, porque en épocas en las que hace mucho calor, aunado a la falta de corrientes de aire causada por las montañas que rodean al valle en el que habitamos, convierte a esta metrópoli en una olla con efecto invernadero, por lo que las acciones tomadas por nuestros gobernantes son apenas pequeños paliativos para un problema mucho mayor, que todos han decidido ignorar deliberadamente.

El problema de la contaminación va mucho más allá de unos cuantos automóviles en circulación. Es la falta de transporte público eficiente y de costo accesible para todas las personas. Es la falta de seguridad con la que los ciudadanos se exponen cada día al abordar un camión que los traslade a su casa u oficina. Es la falsa creencia en el automóvil como respuesta para la movilidad. Es la desidia de los políticos para buscar soluciones que probablemente no representen ganancia para sus bolsillos, pero sí para los ciudadanos. Es un poquito de conciencia global. De conciencia humana. De esa que tanto hace falta.

Abrazo

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