¿El trabajo es un fin o un medio?

El fin justifica los medios“. ¿Quién no conoce esa frase? Si bien es atribuida al filósofo italiano Nicolás Maquiavelo (Niccolo Macchiavelli), es falso que él sea el autor. Cuenta la historia que Napoleón Bonaparte la dijo (o escribió) al terminar de leer El Príncipe, obra del referido filósofo italiano. Sin embargo, el famoso enunciado pertenece a un texto  de l año 1645 escrito en latín llamado “Medulla theologiae moralis”, cuyo autor fue un teólogo alemán llamado Hermann Busenbaum. La frase dice literalmente:

Cum finis est licitus, etiam media sunt licita
(Cuando el fin es lícito, también lo son los medios)

En la actualidad, la gente recurre a esta famosa frase para justificar sus actos. De esta forma, cuando el resultado -el fin- obtenido es benéfico, correcto o adecuado, es igualmente correcto hacer a un lado todo lo que se necesitó para llegar a dicho resultado -los medios-, sin importar la naturaleza de esos actos. En palabras más simples: si hice algo malo para obtener algo bueno, eso que considero malo está justificado por el resultado obtenido. Pongamos un ejemplo: si la construcción de un túnel necesario para agilizar el tránsito en una vialidad de la CDMX requirió la tala de mil árboles, esa tala está justificada porque hoy en día pasar del punto A al punto B a través de ese túnel no toma tanto tiempo como antes.

Fin2

Todo esto viene a cuento porque, hace algunos días, leí algo que refleja la realidad de la sociedad en la que vivimos: la dinámica social fomenta un consumismo desmesurado, fundamentado principalmente en la falsa idea de que, para alcanzar cierto estatus social, es necesario acceder a marcas que ostentan riqueza y, por ende, un nivel socio-económico alto de la persona que viste o utiliza esas marcas. Es claro que para vestir esas marcas se debe tener cierto poder adquisitivo, porque los artículos que portan tal marca o logotipo no son baratas, y para tener ese poder adquisitivo se necesita un trabajo muy bien remunerado. Eso, o ser un júnior, heredar una gran fortuna o sacarse la lotería. Pero juguemos a que sea a través del oficio o profesión que ejercemos.

Hablar de éxito implica ocupar un nivel ejecutivo alto en una empresa, o tener tu propia empresa y ser, aparentemente, independiente. En mi profesión -abogado-, para ser exitoso y aspirar a ser socio de un despacho se necesita pasar entre 10 y 12 horas diarias en la oficina, y trabajar sábados y domingos cuando así se requiera que, para ser honestos, era muy seguido. Pareciera que el éxito profesional estuviera ligado a un gran número de horas trabajadas día con día, sacrificando tiempo libre, descanso, convivencia con familia y amigos, y demás actividades que hacemos a un lado con la idea de crecer en el ámbito profesional. Hay estudios que muestran que México es el país en el que se trabaja más horas al año. Sin embargo, un mayor número de horas trabajadas no es sinónimo de productividad, aunque eso es tema para otro día.

Esta dinámica social ligada a la idea actual de éxito ha llevado a considerar el trabajo como un fin, en lugar de un medio. Sí, tener acceso a objetos de ciertas marcas otorga estatus, pero lo que realmente importa es ser exitoso en lo profesional, ostentar el puesto que ocupamos, hacerle saber a los demás que estamos en los niveles más altos de la cadena productiva, y todo lo que ello conlleva: marcas de lujo, imagen de éxito, comer en restaurantes gourmet de moda, etc. La gente trabaja por demostrar que llegó al nivel más alto, que es el que más gana, el que aparece en portadas de revistas de negocios o en los suplementos sociales de los periódicos. No importa si sacrifica los demás ámbitos de su vida personal, lo importante es estar ahí, mostrarse ante la sociedad como un individuo exitoso. Derren Brown, en su libro Happy hace la siguiente pregunta: ¿Cuántos de nosotros presumimos trabajar un sinfín de horas como si eso fuera digno de admiración? ¿Cuántos nos identificamos más con nuestro trabajo que con cualquier otra cosa en la vida?

Continúa Derren Brown: “El trabajo ha dejado de ser un simple medio para acceder a ciertos fines, como lo era en la época anterior a la Ilustración. Hoy en día se supone que es la fuente de felicidad por sí misma.

Fin3¿Es correcto ésto? ¿El trabajo ha dejado de ser el medio para obtener lo que queremos, llegando al punto de ser el fin en nuestras vidas? La sociedad nos ha empujado a este punto. La gente ya no trabaja para obtener los recursos necesarios, con la finalidad de poder acceder a cosas o actividades que anhela o le apasionan. Hoy la gente trabaja por trabajar, por mostrarse exitoso frente a los demás, sin importar si ese trabajo absorbe todo el tiempo necesario para tener tiempo libre. ¿De qué sirve trabajar de 10 a 12 horas al día y ganar millones si no tenemos tiempo suficiente para utilizar ese dinero?

Hace años mi realidad era esa. Al terminar la universidad tenía como meta ser socio de alguno de los despachos de mayor prestigio en México, pero nadie me había dicho que, para lograrlo, tenía que trabajar un gran número de horas al día, incluso fines de semana, porque nada era más importante en esos lugares que la cantidad de horas facturadas. Sí, ganaba muy bien y mi proyección era muy alta, pero ¿cuánta vida me estaba costando mi sueldo? Dejé de ir a conciertos, cenas y reuniones de cumpleaños. Llegué al punto de “tener que agradecer” haberme ido de vacaciones, como si eso fuera un regalo de parte de mi ex-jefe y no un derecho. Con tal de no llegar tan tarde a mi casa y hacer algo además de trabajar, comía en 45 minutos en lugar de las dos horas estándar que los abogados se tomaban. La mayoría de veces comía solo para no alargar el tiempo de comida, o lo hacía en mi lugar cuando tenía muchos pendientes.

Fin4Hasta que un día me cansé de eso, y me di cuenta que hay vida más allá de la oficina, y que me estaba perdiendo de muchas cosas mientras pasaba las horas encerrado entre cuatro paredes (y una puerta, claro). La vida me sonrió y hoy estoy en una empresa en la que gano bien, y aun cuando la proyección de crecimiento tiene un ritmo más pausado, todavía hay oportunidades en el futuro. Pero lo mejor de todo, es que el trabajo se ha convertido en el medio para obtener los recursos que necesito para asistir a clases de yoga, salir al cine o a cenar, viajar, comprar libros, ayudar a mis papás y a mi hermana, ayudar a la gente y hacer todo aquello que venga a mi mente y que me apasione. Trabajo ocho horas cinco días a la semana, y al terminar mi jornada, el trabajo lo dejo en la oficina, no me llevo nada conmigo, porque he aprendido que la vida es lo que hacemos después de trabajar, no durante las horas hábiles.

Poco a poco la gente se está dando cuenta y entiende que para vivir hay que hacer todo aquello que anhelamos, lo que nos apasiona, lo que nos hace sentir libres y plenos. Tenemos que hacer a un lado esa infundada idea de que el trabajo es lo que nos hace “ser”, lo que dicta nuestra vida y el éxito que tengamos en ella. Debemos dar un giro a nuestra perspectiva y ver el trabajo como un medio, no como el fin. No es coincidencia que el mayor arrepentimiento que las personas manifiestan antes de morir sea “ojalá no hubiera trabajado tanto”, porque se dan cuenta -demasiado tarde-, que la vida no estaba en la oficina, sino en lo que hacemos después de ella. Lástima que muchos reflexionen sobre esto, a veces, en su lecho de muerte.

Si algo sabía desde adolescente era que no quería vivir con arrepentimientos. Gracias a la vida me di cuenta en buen momento que trabajar no es vivir, y que hay cosas más importantes que un puesto ejecutivo o la imagen que éste conlleva. Espero que se lleven este consejo: veamos el trabajo como el medio necesario para el fin, que es vivir. Aprendamos que la vida está más allá de las cuatro paredes que conforman nuestra oficina, antes de que sea demasiado tarde.

Abrazo.

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