El problema de México somos los mexicanos

No me gusta hablar de política. Si hay un tema que confronta a la gente y genera división y encono -aparte de religión- es la política. Siempre habrá puntos de vista distintos, gente que esté de acuerdo con una corriente ideológica, gente que esté en desacuerdo, y todo con base en su historia personal, en lo que han vivido y experimentado gracias a los enseres políticos. Pero hoy no es día para mantenerse afuera del ring nacional.

Vivimos en un sexenio turbulento, por decir lo menos. La figura presidencial es constantemente criticada y cuestionada por sus manejos, siempre dudosos a la vista de los demás, tanto de su gestión al frente del país como por los tratos preferenciales que otorga a ciertas empresas. Pocos son los que no lo tachen de corrupto, incompetente y cínico, y mejor no entremos en temas de derechos humanos, porque ríos de tinta correrían. La clase política -de todos los colores que hay- ha sido expuesta como sinvergüenza, sin escrúpulos, y con una ambición desmedida. Este carácter -la ambición- no sería grave sino fuera porque ponen los intereses personales y de grupo antes que los de la nación que representan y para la cual trabajan.

Sin embargo, el problema no se queda ahí, porque el ser humano en todos los niveles es curioso. Como ciudadanos, nos quejamos de lo que pasa en la esfera política mientras nos pasamos un alto, o después de dar mordida para evitar una multa. No somos capaces de cruzar la calle por donde está indicado “porque llevo prisa”, pero nos quejamos airadamente del ex-gobernador que fue expuesto robando millones. Estamos tan poco organizados que las manifestaciones callejeras las vemos como una molestia, no como una acción en pro del bienestar común; y es que las marchas y bloqueos se han vuelto tan cosa de todos los días, que es tiempo de juzgar si realmente sirven para algo más allá de arruinar el día para los miles de automovilistas y transeúntes.

Tenemos tan poco respeto por el prójimo, que ni siquiera somos capaces de entender cómo se usan unas escaleras eléctricas (lado derecho para los que suben pasivamente, lado izquierdo para los que suben activamente). Somos tan egoístas que no sabemos ceder el lugar en el tráfico, en la fila o en la calle, y preferimos provocar un caos que ayudar al de junto. Somos tan inconscientes como para quejarnos por las inundaciones mientras tiramos la colilla del cigarro al drenaje. ¿Lo peor de todo? Somos una raza tan “agachada” que preferimos exaltar al extranjero mientras maltratamos a nuestros compatriotas.

México es un país increíble. Tiene acceso a dos océanos y, por ende, sus playas son hermosas, su territorio está lleno de naturaleza: selva, bosque, desierto; hay para todos los gustos. La historia es mucho más que rica, somos herederos de culturas que, incluso hoy, son admiradas en el mundo entero. El problema es que la gente que lo habitamos pareciera que tenemos la consigna de hacer todo lo posible por denostar todo lo bueno que hay, y por más promoción que se haga a los lugares que abundan en cada rincón del territorio mexicano, siempre habrá uno de nosotros que, viralidad de por medio, recordará al mundo entero que la única razón por la que seguimos siendo tercermundistas es por la gente misma.

Si desde abajo no hacemos lo posible por dejar a un lado el egoísmo que nos tiene atorados en el fango social y político, ¿cómo esperamos que los de arriba actúen distinto? Todo, absolutamente todo, tiene solución, pero si queremos un cambio rápido, la frustración hará mella en nosotros y será imposible llegar a ningún lado. Poco a poco, con acciones individuales, con educación y valores y, sobre todo, con un sentido de colectividad, algún día dejaremos de ser el problema que ahoga a este gran país en la peor de las crisis, apenas en los albores de un nuevo milenio.

Que por fin se vuelva realidad lo que la famosa banda Molotov dijo en una de sus canciones más famosas: Si nos pintan como unos huevones; no lo somos, ¡Viva México Cabrones!

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