Un día en…el sismo del 19 de septiembre

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Como seguramente sabrán, el pasado 19 de septiembre del 2017 la Ciudad de México y otros estados alrededor se vio sacudida por un terrible sismo que, hasta el día de hoy, ha cobrado aproximadamente 330 vidas y un sin número de derrumbes de inmuebles, dejando a un gran número de personas en búsqueda de un hogar. Ya platiqué sobre el sismo como tal, y ahora quisiera compartirles lo que personalmente viví ese fatídico día.

Como casi todos los martes, asistí a una reunión que aglomera varias empresas de la industria en la que trabajo. La cita era en Polanco, y mientras tomábamos un breve break, el edificio empezó a moverse sin alerta sísmica de por medio. Nervios primero para pasar al miedo e incertidumbre después, los asistentes a la reunión nos “refugiamo” en una de las zonas seguras del sexto piso (en caso de derrumbe, cualquier “zona segura” se vuelve parte de los escombros, por cierto). Una vez que terminó el movimiento, nos instruyeron evacuar el edificio para realizar la revisión correspondiente. Tomé mis cosas y decidí emprender el camino, aunque no sabía bien a donde. Además, la incomunicación en la que nos encontrábamos complicaba las cosas, porque no había servicio de telefonía celular y era imposible comunicarse con los demás para saber si estaban bien pasado el susto.

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Las labores de rescate estuvieron a cargo de brigadistas y voluntarios, todos juntos.

Empecé a caminar hacia los límites de Polanco, porque suele ser una zona muy complicada en temas de tránsito vehicular. Confirmé que mis papás, hermana y sobrino estuvieran bien, las conversaciones grupales con mis amigos fluían de manera normal y todos afirmaban estar bien, y no fue hasta una hora y media de angustia después que pude confirmar que Eli se encontraba sana y salva. Mientras hablaba con ella, me pidió que fuera a casa de su abuelita, cerca de Polanco, porque aparentemente su departamento habría sufrido daños considerables. En ese momento todavía no lograba entender la dimensión de la tragedia, pues no había manera de recibir noticias ni ver videos de lo que recién había sucedido. Fue hasta que un señor que me escuchó hablando con dos extranjeros se acercó para mostrarme dos videos de los derrumbes de inmuebles: colonia Roma, la Condesa, la del Valle, Lindavista. Poco a poco llegaban noticias de derrumbes, y fue hasta ese momento que me percaté del caos que vivíamos en la ciudad.

Sin posibilidad de conseguir un Uber, Cabify, taxi o lo que se pareciera, empecé a caminar hacia mi casa ubicada un poco más al sur, y para mi sorpresa me topé con un convoy del Ejército que, supuse, se dirigía a una zona de derrumbe. Caminé lo más rápido que pude siguiendo su rastro, y unos minutos después llegué a la céntrica colonia Condesa, a la esquina de las calles Amsterdam y Michoacán. Una persona que estaba organizando utensilios médicos y de primeros auxilios me indicó que a la vuelta se necesitaba mucha ayuda. Corrí tan rápido como el traje y los zapatos me lo permitieron, y en pocos segundos me encontraba removiendo escombros y acarreando víveres que otras personas traían. Mi sorpresa fue que todavía no había nadie del Ejército en ese lugar, éramos puros voluntarios los que, sin organización de por medio, tratábamos de remover escombros y organizar víveres para las personas que lo habían perdido todo. El máximo punto de adrenalina llegó cuando escuché a alguien decir “hay entre 5 y 10 personas atrapadas”. Sin detenerme a pensar, lo único que pude hacer es seguir moviéndome de un lado a otro con los víveres que llegaban: cargar, acomodar, correr, comprar.

90 minutos más tarde, una vez que por fin el Ejército había llegado a tomar control de la situación, decidí emprender el camino a casa, porque tenía para cenar con Eli y su familia con motivo de su cumpleaños. Ante la falta de medio de transporte disponible, emprendí la caminata y, aproximadamente una hora después había llegado a casa, para arreglarme, comer algo rápido y buscar la forma de llegar al Estado de México, lugar acordado para la cena. Afortunadamente Eli estaba usando mi coche, por lo que ella pudo llegar sin problemas con su familia, aunque eso significara que yo no fuera ante la imposibilidad de recorrer largas distancias sin transporte a la mano. Así que, sin cena, decidí no quedarme quieto en casa y corrí hasta llegar a otro derrumbe, este en la colonia del Valle.

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Nunca se había visto tanta unión entre las personas. Todos dispuestos a ayudar para salir adelante

No sé si han estado alguna en una zona de desastre, pero es más impresionante de lo que pueden ver en fotos o videos. Lo increíble de la situación era ver a la gente con la mejor disposición y voluntad de hacer algo por aquellos que estaban en aprietos o que estaban ayudando a rescatar a los que estaban en aprietos. Mientras unos preparaban comida para los rescatistas, otros cargábamos víveres para organizarlos según lo que se necesitara: agua de un lado, lámparas y pilas de otro, alimentos en la mesa de acá, medicinas y utensilios de primeros auxilios allá. En algún momento de la noche una de las personas que juntaba las lámparas y pilas me pidió que solicitáramos a la gente que trajera pilas de cierto tamaño, por lo que me paré sobre una especie de “poste” para comunicar lo que más urgía. Un brigadista me vio y me dijo: “tienes una voz fuerte, así que tú serás el niño gritón”, por lo que, cuando alguien necesitaba algo en particular, me pedían a mi que lo gritara a los cuatro vientos, con la esperanza que otras personas lo consiguieran. También tuve la oportunidad de llevar herramientas a la zona de derrumbe, así como de repartir agua y alimentos entre los rescatistas, marinos y soldados que lideraban el rescate.

El diccionario no alcanza para describir la sensación que recorre el cuerpo mientras realizas estas labores. Saber que de cierta forma eres parte de un todo enfocado a salvar la vida de alguien que está en apuros. Cualquier labor que uno hiciera abonaba para ayudar: desde acomodar víveres, repartir café, donas y agua entre los brigadistas y voluntarios, todos éramos una misma fuerza. El momento más emocionante fue cuando uno de los brigadistas me instruyó que pidiera seguetas de metal porque habían establecido contacto con dos personas dentro de los escombros y era urgente rescatarlas. Alrededor de las 11 de la noche llegó la maquinaria con la que se llevaría a cabo la labor de rescate, por lo que la ayuda de los voluntarios se volvió innecesaria, al menos en ese aspecto.

Poco después de las 12 de la noche, viendo que había muy poco en qué ayudar -y considerando que mucho ayuda el que no estorba-, decidí regresar a casa. Nadie consideraba lo difícil que era también esta tarea, porque seguía sin haber un solo taxi en las calles, y la gente de Uber y Cabify estaba con su familia o ayudando en las zonas de derrumbe, por lo que volver implicó caminar una media hora en medio de lo que parecía una ciudad fantasma, habitada apenas por la iluminación artificial de las calles y avenidas y una sensación de miedo que recluyó a todos en sus casas mientras se reagrupaban para saber qué era lo que seguía después de la tragedia.

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La labor continúa, y falta lo más importante: reconstruir la ciudad

Diez días después continúan las labores de rescate en algunos derrumbes, impulsadas por la esperanza de encontrar gente con vida, o al menos los cuerpos de las personas que desafortunadamente fallecieron a causa del terremoto. La ciudad continúa incluso hoy en una especie de letargo provocado por el trauma que dejó el sismo. La plática de sobremesa sigue siendo cuántos edificios quedaron inhabitables, y cómo hay gente en búsqueda de un nuevo hogar. Pero lo mejor de todo es ver la unión de la gente, ese sentimiento de colectividad que la sociedad civil ha adquirido y que, hasta hoy, todavía no ha soltado.  Sin embargo, la labor no cesa, falta todavía mucho por hacer y lo más difícil: reconstruir lo que se derrumbó.

El sismo lo vivimos millones de personas que hoy nos hemos vuelto una sola fuerza. Se siente una especie de hermandad entre desconocidos, porque estamos unidos con la esperanza  de reconstruir no solo una ciudad que ha quedado muy dañada, sino un país que tan necesitado estaba de esa unión entre sus ciudadanos. Ver a tantas personas ayudar a alguien que en su vida han visto es esperanzador, y refleja justo el México del que estoy enamorado, del que me siento orgulloso de pertenecer.

No me cansaré de decirlo: Fuerza, México.

3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. aubescrit dice:

    He leído tu articulo con un sentimiento emocionante en el pecho. La noticia conmovió al país entero, si no es que a muchos países.
    El apoyo que se ha visto por parte de la gente es impresionante.
    Y ahora solo queda seguir apoyando, que mucha gente necesita y seguirá necesitando ayuda.

    Un abrazo desde Chihuahua 🙂

    1. JRovelo dice:

      Muchas gracias. Ha sido muy conmovedor ver la respuesta de la mayoría de personas. Es difícil entender desde tan lejos lo que se vive a veces en carne propia, pero se agradece la muestra de afecto y apoyo, sin importar desde donde provenga.

      Abrazo

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