¿Qué le ven a Nueva York?

Nueva York es la capital del mundo. La ciudad que nunca duerme, según Frank Sinatra. John Lennon le escribió una canción. Ha sido escenario de grandes aventuras deportivas pero también de los peores horrores que ha cometido la humanidad. La sede de las mejores obras de teatros, los museos más sofisticados, el parque más grande del mundo. Es LA ciudad cosmopolita por excelencia, un lugar al que todos deben ir alguna vez en su vida, solo por conocer.

A mis 35 años, lo hice. Visité Nueva York como escala del viaje que hice a Islandia -tema para otra ocasión-, y lo hice con el mayor nivel de curiosidad infantil que pude tener sabiendo que me enfrentaba a algo totalmente nuevo. Un mundo distinto. Conocí los lugares típicos que todo turista debe visitar: Times Square, Central Park, Staten Island donde está la estatua de la libertad, Grand Central Station, la 5a Avenida, el Madison Square Garden. Incluso fui a un musical de Broadway.

Tengo que decir que, como experiencia, la atesoro enormemente porque es una ciudad que, en efecto, vale la pena conocer por todo lo que ofrece pero, por otro lado, no me volví el aficionado que muchos suelen ser de una metrópoli que tiene más caos, incluso, que la CDMX. Conocer las entrañas del Madison Square Garden, la arena más famosa del mundo y casa de uno de los equipos históricos de la NHL, es apasionante. Caminar por Central Park rodeado de árboles cuyas hojas tienen esos tonos verdes y cafés propios del otoño es espectacular. Ver el musical de Aladdin y saber por qué las producciones de Broadway son tan aclamadas fue asombroso.

Sin embargo, lo que más me llamó la atención de Nueva York es la cantidad de idiomas que se oyen en apenas un par de cuadras. Ruso, chino, hindú, italiano, árabe, francés, español (con todas sus variaciones de acentos), japonés y no sé qué tantos otros que no fui capaz de identificar, todos se conjuntan en las banquetas y tiendas de la ciudad para formar la más increíble sinfonía que podemos imaginar. Habla de lo abierta que es la ciudad a recibir visitantes, y de lo dispuesta que está a mostrar al mundo que, a pesar de las dificultades, se encuentra de pie y andando.

A pesar de que fue una experiencia única, tengo que confesar que no me gustó la ciudad. Sí, tiene su encanto, pero caminar por Times Square fue de las experiencias más complicadas en mi vida. La gente no es amable y choca hombros si quiere que te hagas a un lado en su trayecto. Hay basura tirada por todos lados, y nadie hace nada por levantarla. Hablando de basura, por las noches las esquinas están atiborradas de las bolsas de casas y comercios, esperando ser recogidas por el servicio de limpia como cualquier peatón que espera la llegada del autobús que lo trasladará de regreso a casa. Y qué decir de la contaminación visual que hace de la caminata algo abrumador. Es impresionante la cantidad de anuncios espectaculares que hay en cuestión de cuadras, anunciando no sólo los productos que pretenden vender, sino que NY forma parte de una cultura consumista con la que los seres humanos hemos sido instruidos para llenar los vacíos existenciales que enfrentamos todos los días.

Lo más extraño de toda la experiencia, no obstante, fue ser testigo de la cantidad inmensa de vagabundos -homeless- que hay, todos anunciando su carácter de situación como si no supiéramos qué están haciendo ahí. El denominador común era el letro de homeless y un vaso en el cuál los “buenos samaritanos” pudiéramos depositar algunas monedas, para que ellos pudieran sobrevivir. Lo curioso, sin embargo, y creo que de ahí deriva mi molestia, fue que uno de ellos escribió en su letrero “no tengo los medios para vivir bien”, pero de la bolsa de su pantalón se asomaba un teléfono celular de esos smartphones que todos usamos en esta época. Si es verdad que no tienes cómo vivir, ¿para qué quieres un aparato así? Por un momento, recién llegado a NY, mi alma se conmovía por tanta gente que estaba en esas circunstancias, pero ver que alguien pedía limosna tenía un teléfono celular -incluso más avanzado que el mío- me hizo caer en la cuenta de la posible farsa que todos ellos representan.

La escena más extraña, sin embargo, la encontré llegando a Grand Central Station. Justo en la entrada había una mujer entre los 40 y 50 años de edad, pelirroja, con un vestido estampado con flores, que lloraba amargamente mientras gritaba a todo pulmón “no”. No sé si eran lágrimas de verdad o simplemente lo actuaba, pero no era muy convincente y solo atraía la atención de la gente por el ruido que enfrentábamos si teníamos que pasar frente a ella. Además olvidé mencionar que la mayoría de vagabundos que encontré eran claramente jóvenes, incluso más que yo, lo cual me llevaba a pensar si hacían lo que hacían porque realmente sufrieron una tragedia, o si era meramente por evitar conseguir un trabajo -cualquiera- que pudiera darles un pequeño sustento que les hiciera cambiar su situación de vida.

Me quedo con lo bueno de la ciudad, y todavía tengo pendiente conocer algunos museos y asistir a algún juego de hockey en el MSG, pero en general es una ciudad en la que agradezco no vivir, al ser el botón de muestra exactamente de lo que no quiero para mis hijos (cuando lleguen, claro).

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