El asco que (me) provoca la política mexicana

México es con los políticos como esa historia de la esposa golpeada: padece abusos por parte del marido, pero lo perdona una y otra vez y continúa a su lado. Seguramente hay hombres que están del otro lado de la ecuación, y lo aclaro antes de ser tachado de misógino. El chiste es que la clase política mexicana abusa, se burla y humilla al pueblo mexicano, y cada tres años estamos ahí, en las urnas, dándoles el poder con el que ejercen ese poder con el que no logran ver más allá de sus narices.

Sin temor a equivocarme, no hay día en que no nos enteremos de algún acto de corrupción, delito o ridículo que hace un político, sin importar el nivel en el que se encuentren o el color del partido al que pertenezcan. Se ha vuelto más evidente en este sexenio al que le queda un año, y que seguramente pasará a los libros como el de mayor corrupción en la historia de este país. Desde el infame presidente hasta el último miembro del ayuntamiento de cualquier municipio, pareciera que no hay uno sólo que pueda decir la verdad, o que su carrera esté completamente limpia.

Lo irónico de la situación es que, en este México del siglo XXI, la política se trata más de vender un producto que de promover algún plan, por diminuto que sea, para sacar adelante a una sociedad hundida en desgano y hartazgo hacia la clase gobernante. Las pre-campañas (¿qué chingados es eso?) y las campañas se tratan más de mostrar una imagen del candidato en lugar de exponer el qué y cómo le harán para corregir el rumbo. Están más concentrados en la forma que en el fondo, porque el fondo no importa una vez que llegan al puesto para el que se eligieron. La meta es llegar, no importa cómo. Maquiavelo estaría orgulloso de ellos.

Lo lastimoso de todo este asunto es que los mexicanos creemos que, a estas alturas, existe una opción distinta a las demás, mejor que lo que hemos visto desde que nació la democracia en este país (aunque murió al nacer). Como si alguien tuviera una varita mágica que hará que las cosas cambien de inmediato, sin ponernos a pensar en el trabajo que cuesta corregir todo lo malhecho durante más de 100 años. Y ahí estamos, haciendo fila para votar por “el menos peor”, porque nos tenemos que conformar con el que sea menos corrupto o menos idiota. A ese nivel está nuestra política mexicana.

La sociedad mexicana no ha entendido que el problema no sólo son los políticos, sino la propia sociedad, y todo el sistema que conforma este remedo de democracia en el que vivimos, donde los votos se compran, no se ganan. Formamos parte de un círculo vicioso en el que, creemos, encontraremos la solución. Pero el problema es el sistema, y la lógica básica dice que la solución jamás lo encontraremos en el problema, sino fuera de él. Mientras sigamos dándole vida a un sistema electoral y político corrupto como el que tenemos, el resultado será el mismo, sin importar el color del candidato por el que votemos.

Somos tan inocentes -por llamarlo de buena manera- que ponemos nuestras esperanzas en un sistema partidista que ignora sus principios básicos y da la espalda a la ideología con la cual fueron fundados. En México ha dejado de existir el espectro político, ya no hay izquierda o derecha, sólo un grupo de gente centrados en obtener beneficios para ellos y su grupo íntimo. Insisto, votamos por “el menos peor”, y nos termina dando la espalda.

Y aún así, en el 2018 ya veo a un gran porcentaje de mexicanos votando, con la esperanza de encontrar en la boleta la respuesta a todas las dudas que nos aquejan. La clase política nos golpea una y otra vez, de distintas formas, y ahí estamos, obedientes como cónyuge sumiso, esperanzados que nuestro marido cambiará y dejará de abusar de nosotros, solo porque ahora viste un suéter amarillo y no azul, o porque se rasuró la barba y el bigote.

El fondo es y será el mismo: la clase política mexicana está podrida, es inservible. El cinismo con el que actúan ya no conoce límites. Y aún así, cada tres años estamos ahí, dándoles el poder que por principio le corresponde al pueblo.

Viva México.

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