El propósito de la vida no es ser “alguien”, es ser nadie

La dinámica social en la que vivimos dicta que es necesario ser alguien para ser valioso. Así de sencillo. Existe la falsa idea de que todos aspiramos a ser algo o alguien. ¿Por qué? Porque así obtendremos el reconocimiento y respeto por parte de una sociedad que valora más lo material y los logros obtenidos -por muy artificiales que estos sean- que el bienestar interior y la paz mental que se obtiene de, justamente, no obsesionarse con ser “alguien” en la vida.

Pero vayamos por partes.

Ser alguien implica identificarnos como superar las expectativas de la gente en determinada actividad. Requiere de una percepción externa cuya imagen se ve reflejada en nuestro deseo de cómo la gente nos define. Es decir, nos sentimos tal cuál deseamos que la gente nos vea, y para conseguirlo, es necesario sobresalir en algo que nos distinga de la generalidad de las personas. Disfrutamos las cosas a través de la mirada del otro que aprueba nuestra existencia.

Así, nos volvemos el centro del universo; de NUESTRO universo, porque sólo existe una percepción, la nuestra a través de la cual vemos los objetos que existen alrededor, y dedicadamente ponemos etiquetas no solo a las cosas, sino a las personas según la actividad en la que sobresalgamos, haciendo una especie de comparación con la finalidad de siempre apuntalarnos por encima del universo de objetos y personas y así poder consolidar nuestra identidad.

Nadie2El inconveniente con esta dinámica de vida es que si no logramos consolidar nuestra existencia frente a los demás, es decir, si no conseguimos ser “alguien”, nuestra realidad pasa de lo endeble a lo efímera, destinada inevitablemente a desaparecer. Por más admiración que consigamos a través de los ojos de los demás, y por muchos objetos que poseamos para aferrarnos a esa falsa seguridad, tarde o temprano nos enfrentaremos a una realidad frágil, cimentada en objetos mucho más novedosos, o ante lo obsoleto de aquello en lo que sobresalimos. Así, a falta de reconocimiento externo, dejamos de ser ese “alguien” que creíamos ser, como casa de naipes que se viene abajo con el primer suspiro.

 

Pero, ¿realmente somos “alguien”? Ser alguien significa sentirnos separados de una inmensidad de la que, queramos o no, formamos parte. Pensar que somos ajenos a ese universo equivaldría a pensar que la gota que tomé con la mano dentro del mar es distinta de ese inmenso océano en el que estamos flotando. Pensar en la inmensidad es pensar en la nada, por las similitudes que pueden tener si los analizamos detenidamente. El todo se vuelve nada, y viceversa. En consecuencia, al pensar que somos “alguien” es pensar que estamos separados de esa inmensa nada, enfocando nuestros esfuerzos diarios a luchar por seguir siendo alguien, por no diluirnos en esa inmensidad, aunque esa lucha nos lleve a sentirnos eventualmente solos.

Si esa inmensidad carece de límites, pensarnos “alguien” representa poner fronteras a nuestra existencia. Como si viviéramos dentro de un castillo amurallado que está en la punta de la montaña. La vista podrá parecer espectacular, y mirar al vacío se puede pensar algo aterrador, pero eventualmente terminaremos aislándonos de todo lo que hay afuera de esos muros y no habrá nadie a través de cuyos ojos podamos sentir esa admiración por nosotros mismos.

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Aspirar a “la nada”

Si entendemos esa inmensidad como carente de fronteras, y considerando que formamos parte de esa inmensidad, entonces la naturaleza innata del ser humano es la pequeñez, prácticamente la nada dentro del vasto universo en el cual nos encontramos. Pero no caigamos en pánico al pensar en ser pequeños, es justo ese pánico el residuo de la burda aspiración a ser alguien en la vida. Por el contrario, es natural ser nada en un universo que carece de límites, pero al entendernos como parte integrante de esa totalidad, un pequeño ingrediente de la vastedad en la que nos movemos, nos daremos cuenta de lo pequeños -casi insignificantes que somos-.

Pensar que la pequeñez es algo malo es residual de la falsa idea de tener que ser alguien. En cuanto eduquemos a nuestra mente a entender que ser nada -nadie- nos integra a un todo universal encontraremos el camino de regreso a la fuente de todo lo que existe. Entenderemos que, una vez reintegrados con el todo, haremos a un lado nuestro falso deseo de ser alguien y viviremos en mayor plenitud que la que hemos experimentado hasta ahora.

Al no haber separación alguna con lo demás, regresamos al origen de donde venimos, alimentados por la vacuidad del todo, en el que no tenemos que luchar por lograr algo -ser alguien- porque todos y todo formamos un todo inmenso, universal del que nada escapa. Y al dejar de luchar por algo tan artificial y frágil como ser “alguien”, viviremos en una paz y plenitud que merecemos todos experimentar. Cada día, a cada momento. Que tener una vida llena de gozo sea la meta final, no ser alguien apartado de todo y de todos.

 

Así, el deseo que tengo para todos ustedes es una vida llena de paz, que encuentren el camino de regreso a esa casa a la que todos pertenecemos y de la que tanto empeño se ha puesto para que nos alejemos. Que volvamos a la fuente, al origen de todo. Que seamos parte de la nada universal.

Que aspiremos a ser nadie.

 

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