La situación en Venezuela

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Estemos o no pendientes de los medios de comunicación, todos hemos escuchado acerca de lo que está sucediendo en Venezuela. Ayer 23 de enero, una marcha organizada por los opositores al régimen de Nicolás Maduro captó la atención internacional, y terminó con un diputado de la Asamblea Nacional, Juan Guaidó, proclamándose Presidente de Venezuela, para posteriormente ser reconocido como tal por varios países alrededor del planeta. Ese es el panorama general, y lo que hasta ahora se sabe de manera pública.

Ante el apoyo y reconocimiento vertido por un gran número de países hacia Juan Guaidó como nuevo titular del Poder Ejecutivo en ese país sudamericano, los mexicanos, por nuestra parte, esperábamos que nuestro nuevo presidente, Andrés Manuel López Obrador, fijara su postura al respecto, y la sorpresa no se hizo esperar. A través del vocero de la cancillería, México reconoce -aún- a Nicolás Maduro como el presidente de Venezuela, no a Juan Guaidó. Esto ha desatado la ira de una gran parte de los mexicanos, en redes sociales todos se han apresurado a decir que la postura del gobierno de México no es la misma que la de sus ciudadanos. Aun así, y a pesar de los reclamos constantes por parte de la gente, el gobierno mexicano no se ha movido ni un ápice de su posición, y parece ser que así permanecerá durante los próximos días.

Es abrumador el apoyo de los mexicanos -al menos en redes sociales- hacia el pueblo venezolano. Hemos sido testigos, a través de los medios y por oídas de todo lo que nos platican los venezolanos exiliados en nuestro país -que no son pocos- de la realidad tan dura que se vive en aquél país, lo que ha empujado a una cantidad inmensa de gente a buscar asilo en otros países. El mexicano es un pueblo visceral, que actúa desde las entrañas y del corazón, no desde la mente, y ver que nuestro presidente toma una posición distinta a la que se consideraría como la más obvia ha generado un encono interno que será muy difícil de curar, y el cual necesitará mucho tiempo para que sane completamente.

Sin embargo, no todo es blanco o negro, y lo que se está viviendo en Venezuela y el eco que hizo en México tiene diversos matices que son importantes de considerar al momento de emitir un juicio.

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Las calles de Venezuela inundadas de gente mostrando su rechazo al régimen de Nicolás Maduro

Primero, hablando sobre Venezuela, hay que recordar que en el 2018 hubo elecciones en aquél país, las cuáles fueron muy criticadas tanto al interior como por la comunidad internacional, porque con un 80% de abstencionismo, Nicolás Maduro fue declarado vencedor y, por lo tanto, presidente para un segundo término. No es necesario recapitular sobre lo paupérrima que es la situación económica de Venezuela desde que Maduro ascendió al poder como sucesor de Hugo Chávez, pero lo que es claro es que el pueblo venezolano está harto desde hace tiempo de la vida que llevan, y ante una clara ausencia de condiciones adecuadas para elegir al presidente (detención masiva y encarcelamiento de opositores, censura ante discordia con el partido oficialista), el proceso electoral careció de legitimidad al no cumplir con los requisitos mínimos de acuerdo con la legislación de aquél país, por lo que desde ese entonces se consideró a Maduro como un presidente ilegítimo, al menos internamente. Meses después, haciendo eco del aniversario del golpe de Estado de 1958 por el cuál fue derrocado Marcos Pérez, la llamada oposición venezolana y cientos de miles de ciudadanos -liderada por Guaidó, entre otros- salieron a las calles de todo el país para enviar el mensaje de repudio al régimen de Maduro, y la historia es lo que estamos viendo incluso el día de hoy.

En cuanto a México, la postura del presidente ha generado mucha polémica, pero hay que entender de donde viene. La doctrina Estrada es la premisa básica de la política exterior mexicana desde los años treinta del siglo XX, y adquirió su nombre por Genaro Estrada, quien la acuñó durante su gestión como Secretario de Relaciones Exteriores del entonces presidente Pascual Ortiz Rubio. ¿En qué consiste esta doctrina? En la negativa a decidir si un gobierno extranjero es o no legítimo, especialmente si dicho gobierno tuvo su origen en un movimiento revolucionario. En palabras coloquiales, es una postura anti-intervencionista,  y se acuñó cuando los estados nacionales eran cerrados, cuando todavía no existía esa tendencia hacia la globalización. Está incluso plasmada en la Constitución (Artículo 89 fracción X, como parte de las facultades del Presidente de la República). Ese es el origen de la postura que ha tomado el gobierno de México y que tanto ha enfurecido a sus ciudadanos.

El problema está en que ese mismo artículo y fracción constitucional, en el mismo párrafo pero unas líneas más abajo, se establece que el presidente deberá observar diversos principios normativos, entre los que se encuentra el respeto, la protección y promoción de los derechos humanos y la lucha por la paz y la seguridad internacional. Es decir, encontramos una contradicción en el mismo párrafo de la constitución. Sabemos que la bandera legal del fenómeno de la globalización -al menos en el llamado “mundo occidental” son los derechos humanos, por lo que a todos nos cuesta mucho trabajo ser testigos de actos violatorios de dichos derechos, y más cuando se trata de un pueblo hermano con el que los mexicanos tenemos tanto en común, como en el caso del venezolano.

Lo que los mexicanos reclamamos va mucho más allá de la interpretación y la aplicación estricta de la Ley, e involucra algo más trascendente que una simple doctrina antigua cuya aplicación era adecuada en una época con características socio-demográficas muy distintas. Lo que está en juego hoy es la vida de seres humanos, la integridad de un pueblo que lleva muchos años sufriendo, y que se ha visto en la necesidad de abandonar todo lo que tienen -casa, familia, trabajo, bienes- en búsqueda de una mejor calidad de vida. ¿Qué es más importante? ¿Reconocer si un régimen es o no legal, o expresar nuestro apoyo y solidaridad hacia personas de una nación hermana que, hoy más que nunca, necesitan saber que no están solos ante la opresión que sufren por parte de alguien que se aferra, a como dé lugar, al poder.

La posición del jefe de Estado de un país es complicada, porque tiene que decidir entre lo legal y lo correcto, cuando muchas veces ambas opciones se contradicen. Pero cuando se trata de proteger la vida de las personas, su integridad y, sobre todo, el futuro de una nación, no debería siquiera existir debate alguno: se debe hacer lo correcto. La vida de la gente está en juego, y más allá de si existe o no injerencia política por parte de otros países por la protección de intereses ajenos, lo que se debe hacer es apelar a nuestra naturaleza humana y apoyar a aquellos que lo necesitan, y nadie lo necesita más en este preciso instante que el pueblo venezolano.

Desde este espacio les brindo mi más sincero abrazo a todos aquellos en Venezuela que pelean por una mejor vida y un futuro próspero. ¡Ánimo! Los mexicanos estamos con todos ustedes.

 

 

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