Qué difícil es ser mujer en México

Tómese esto como un reclamo, un grito de ayuda, una manifestación de apoyo o la forma que tengo de vociferar en contra de una de las peores realidades que alberga nuestro país: el abuso contra las mujeres.

México ha sido, desde siempre, un país machista. No sé si por tradición, por herencia cultural, o por qué maldita razón, pero ha quedado claro que para el hombre promedio, la mujer es un accesorio más, algo que puede coleccionar y tratar con menos respeto del que se le debe a cualquier ser humano. En el México “tradicional”, las mujeres tienen delimitado su rol familiar: en la cocina, limpiando la casa y cuidando a los niños, mientras que los hombres son los proveedores de los medios para la manutención del hogar. No digo que TODO México sea así, pero al menos lo es, todavía hoy, en aquellos rincones rurales -y algunos citadinos- de un país que reclama, con suma urgencia, un cambio de paradigma.

Las mujeres de hoy trabajan, se mantienen por sí solas, son capaces de realizar las mismas labores que los hombres e, incluso, mucho mejor que éstos. Claro que hay diferencias entre hombres y mujeres, fisiológicas sobre todo, pero el hecho de rechazar a una mujer para algún trabajo por el simple hecho de ser mujer es lo más ridículo que se puede escuchar. Y lo doloroso es que sigue sucediendo. Incluso cuando son aceptadas para determinado trabajo, tienen que aguantar el hecho de ganar menos que un hombre que esté a la par de ellas, por esa diferencia de género.

Pero la situación no se detiene ahí. En días recientes, las redes sociales y medios de comunicación están inundados con noticias acerca de secuestros (e intentos de secuestro) en las estaciones del transporte público conocido como “Metro” y sus alrededores. Testimonios de mujeres que lograron escapar de sus agresores, así como pancartas solicitando ayuda para localizar a tal o cual mujer están pegados en muchos de los postes que rodean las estaciones del Metro. Si esto no fuera suficiente, testimonios y notas acerca de violaciones y asesinatos de mujeres en transporte público -sobre todo en el Estado de México, que es tierra de nadie-, y casos de acoso sexual tanto en oficinas como en la cotidianidad de la vida se han apoderado de la atención de las personas estos últimos días. Todo esto no es nada nuevo, en esta ciudad pasa todos los días, pero es de llamar la atención no sólo la gravedad, sino lo recurrente que se está volviendo esta situación en las calles de la capital mexicana.

Por si no fuera poco, hay que analizar también el caso de Yalitza Aparicio, la actriz mexicana nominada al premio Óscar por su actuación en la película ROMA, de Alfonso Cuarón, y que tanta controversia ha generado en todos los frentes. Yalitza ha sido objeto de burlas por parte de los mexicanos, en específico por su apariencia. Al ser de tez morena, con rasgos esencialmente mexicanos, y de origen mixteca (es originaria de Oaxaca), ha sido criticada por no poseer el “estereotipo de una mujer atractiva”, e incluso se ha hecho burla de su ascendencia indígena, todo esto a pesar de ser una de las personas de moda en esta época de nominaciones a los premios de la Academia, y por ser la portada de varias revistas de moda.

Y así hay incontables casos de mujeres que llegan a lo más alto de su industria, poniendo en alto no sólo el nombre de México, sino a las mujeres de este país, y que en lugar de celebrar su triunfo, el resto de la sociedad se encarga de menospreciarlas por el simple hecho de haber nacido mujeres.

La sociedad, al menos la que cuenta con un poco de consciencia y educación, está haciendo un gran esfuerzo por paliar los problemas que padecen las mujeres en México. Todos los días en redes sociales se suben publicaciones con una serie de consejos, sugerencias e invitaciones a que busquen ayuda cuando sea necesario, aun a personas desconocidas, con tal de evitar que su vida esté en peligro. Se han llevado a cabo manifestaciones en las principales avenidas de la ciudad con la leyenda de NI UNA MÁS, por toda la ola de desapariciones, secuestros y violaciones que han padecido. Incluso se ha llegado al extremo de hacer una lista de acciones que pueden llevar a cabo las mujeres para prevenir y reducir el riesgo de ser víctimas de algún delito.

Pero más allá de todo eso, ¿no podemos educar a nuestros hijos, desde pequeños, para que muestren el debido respeto tanto a mujeres como a todos los demás seres vivos? No hablo de seres humanos, porque también hay un problema grave con el abuso de animales, pero si por algún lado es importante empezar es por respetar a la figura femenina que haya en casa: mamá, hermana o abuelita. Hacer entender a todos los miembros de la familia que tanto hombres como mujeres tenemos los mismos derechos, tenemos la misma importancia y, sobre todo, que las mujeres no son simples accesorios de los hombres. Todos los problemas de los que somos testigos tienen su origen en casa, por que las conductas se imitan, no se heredan. No hay nada más importante que infundir esos valores desde el seno familiar, y poco a poco seremos testigos de cómo las mujeres viven con menos miedo y con mayor libertad en un país donde tienen todo menos eso.

La violencia en contra de las mujeres es un asunto de todos. Podemos ayudar al denunciar, al defender a cualquier mujer que se vea en peligro aun sin estar relacionados con ella, a procurarles el mismo respeto en el lugar de trabajo y, sobre todo, a considerarlas iguales a nosotros los hombres. No es de extrañar que el movimiento feminista esté cobrando tanta fuerza, arraigado en el coraje de millones de mujeres que padecen abusos todos los días. Pero los hombres también podemos ser parte de ese movimiento, respetándolas como lo que son, en lo que hacen y sin importar la apariencia que tengan.

Por una sociedad más tranquila, por un mejor país y, sobre todo, por una mejor calidad de vida para nuestras hijas. ¿Están hartos de escuchar quejas de los abusos que padecen las mujeres todos los días? Imaginen lo complicado que ha de ser padecerlos en carne viva.

Abrazo.

 

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