El fenómeno que ha sido Yalitza

A menos que hayan estado viviendo bajo una roca los últimos 6 meses, seguramente saben de qué estamos hablando si se menciona el nombre Yalitza Aparicio. La famosa actriz que brincó a la fama gracias a su actuación en la película ROMA, del laureado director mexicano Alfonso Cuarón, ha estado en boca de todos y por una diversidad de motivos, tanto positivos como negativos.

Pero vayamos por partes. Yalitza es una actriz mexicana nacida en el sureño estado de Oaxaca, de ascendencia mixteca. Hasta el 2018 vivía una vida en relativa paz, hasta que su nombre se dio a conocer cuando formó parte del elenco que participó en la película Roma que, vale la pena decir, ha estado acompañada de la polémica incluso desde antes de su proyección a público (polémica también generada por Netflix y las cadenas de cine nacional), gracias a que el infame delegado de la delegación Cuauhtémoc en la CDMX quiso clausurar la grabación, quien sabe por qué motivos. Pero la verdadera polémica surgió a partir del momento en el que se anunció que Yalitza había sido nominada al premio Óscar como mejor actriz por su actuación en la película de Cuarón. De inmediato empezaron los comentarios tanto en pro como en contra de este suceso, no solo en México, sino en el resto del mundo, aunque hay que señalar que la mayoría de los comentarios negativos hacia esta actriz provienen de los mexicanos.

Así como su actuación en Roma, la presencia de Yalitza en la vida nacional ha sido apabullante, y ha roto con los estereotipos de la actuación tal como la habíamos conocido hasta ahora. Yalitza no cumple (no cumplía) con los estándares de belleza que las revistas de moda y las películas taquilleras imponían. De origen humilde, su antepasado indígena la acompaña a todos lados, y lo ha portado orgullosamente a cada lugar al que ha asistido, sea festival, entrevista o programa en algún medio de comunicación. Ha generado la envidia de todas aquellas colegas de su profesión que aspiran en algún momento a ser reconocidas a nivel mundial, y que llevan años tratando de colocarse en la cúspide de la vida cinematográfica del país. Pero sobre todo, ha destapado el profundo racismo que vivimos en México, un país multicultural construido sobre la base de las civilizaciones indígenas, cuya herencia enriquece nuestra imagen frente al resto del mundo.

Resultado de imagen para yalitza aparicioCuando creíamos que ese tipo de prácticas habían quedado atrás, sale a relucir el falso sentido de superioridad del mexicano que, aun compartiendo rasgos físicos y étnicos con la actriz, se siente con el derecho de criticar aquello de lo que forma parte, pero de lo que quiere alejarse por un sentido aspiracional. Gracias a que nos han vendido la (falsa) idea de que el estándar de belleza y de éxito es el que muestra a un hombre de piel blanca vestido impecablemente con ropa de diseñador, todo lo que contradiga esta idea “debe” ser objeto de desdén, sobre todo si compartimos los rasgos con la persona que es objeto de nuestras críticas, porque al rechazar nuestra apariencia, nuestro origen y nuestras propias características “nos acercamos” a los ideales de belleza que la mercadotecnia nos han vendido desde hace muchos años. Es decir, estamos tan inconformes con nuestra persona, que es nuestra obligación criticar a lo que no queremos ser -aunque no podamos ocultarlo- para que no seamos asociados con ese estereotipo.

Yalitza ha sido criticada por su aspecto (muy indígena), por su forma de hablar español, por su origen (mixteca) y por no ser siquiera una actriz (es maestra de profesión); por si fuera poco, actrices mexicanas “consolidadas” han solicitado que no se le invite a la entrega de unos premios locales (Ariel) porque “es una actriz sin experiencia” que no merece participar si no cuenta con la trayectoria de alguien de la estatura de sus victimarias, como si un Ariel fuera un premio de mayor relevancia que un Óscar, lo cual es ridículo, pero también es muestra que, aun entre colegas, la envidia es uno de los pecados más comunes, y les resulta imposible soportar que alguien que carece de una presencia de muchos años en el medio artístico haya llegado más lejos en tan solo un intento. Es más, si le preguntáramos a la propia Yalitza, ella jamás hubiera imaginado que su vida estaría en el punto en el que se encuentra hoy, a tan solo unos meses de haber participado en la película de uno de los directores más afamados de nuestro país y del plano cinematográfico internacional.

Pero que alguien tenga éxito inesperado no es motivo para que se convierta en objeto de críticas, mucho menos con respecto de características personales sobre las que no tuvieron poder de decisión, como su origen étnico o su apariencia física. Todos venimos a este mundo a vivir de la mejor forma en que podamos hacerlo, con nuestras herramientas personas y los aprendizajes que obtengamos a lo largo del camino. Creernos distintos a alguien por simples rasgos físicos o características culturales es completamente irracional, porque al final son cosas que no nos dieron oportunidad de elegir. Además, el hecho de tener cierto color de piel, o provenir de cierta etnia no nos hace más ni menos que nuestro prójimo. Boicotear (o tratar de hacerlo) a alguien que, por circunstancias de la vida, llegó a un lugar al que deseamos llegar no es excusa para tratar de hacerlo menos, ni siquiera para menospreciar su buena fortuna o su talento.

El problema en México es que el egoísmo ha podido más que cualquier valor que podamos tener. Anhelamos tantas cosas que no somos capaces de alegrarnos por alguien que lo ha conseguido, o que llegó al lugar donde queremos llegar. No tenemos la costumbre de alegrarnos por el éxito ajeno, porque nos duele, y mucho, y por eso encontramos cualquier excusa para criticar y tratar de reducir el valor de su logro.

Afortunadamente los Óscares ya pasaron, y si bien Yalitza no fue galardonada como mejor actriz, el simple hecho de haber estado nominada es un triunfo para su persona, y para nosotros como sociedad, es una muestra más de la bajeza a la que podemos caer, con tal de evitar que nuestro prójimo triunfe.

Qué bajo hemos caído como mexicanos.

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